Una de las cosas que más incomoda a Miguel Bernardeau (Valencia, 1996) es que metan las narices en su parcela privada, que escarben en sus relaciones de pareja, en sus costumbres, en los resortes que le permiten anclarse a la realidad. Tan celoso es con preservar su intimidad que mide al milímetro todo lo que cuelga en sus redes sociales, lo mismo que sus palabras en las entrevistas, y sólo se desnuda a medias. Precavido, un tanto hermético, y hasta tímido, reconoce que el surf se ha convertido desde hace años en su tabla de salvación para liberarse de la presión mediática y social. Ahora sueña con nadar entre ballenas y sentir todavía más esa libertad absoluta que sólo encuentra sumergido en el mar. «Estoy entusiasmado con esto. Estamos mirando dónde hacerlo, posiblemente en Azores, Mauricio o Maldivas, pero nos tenemos que asegurar de que no vamos a impactar en el hábitat de estos animales. Respeto muchísimo el mar y soy consciente de que debemos preservar este ecosistema», explica. Esta pasión por los océanos y por su cuidado es lo que le ha acercado a Biotherm Homme, línea cosmética de la que es embajador en España.
¿Qué te dices cuando te miras al espejo?
No soy muy presumido. Me gusta ir bien, con ropa chula, llevar el pelo cortado, pero no me preocupo mucho más. De momento, no me he operado (risas).
Vamos, que no cambiarías nada de tu cuerpo.
Alguna cosa, aunque creo que hay que aprender a aceptarse.
A las mujeres siempre se nos pregunta por nuestro ritual de belleza. ¿Tú tienes alguno o pasas de estas cosas?
Pues mira, yo sólo me echaba zinc para surfear, y tampoco mucho, pero ahora, con esta colaboración con Biotherm Homme, me han explicado todo lo que puede hacer el sol, temas de melanoma y esas cosas, y estoy poniendo mucha más atención en cuidarme que antes.
¿Qué significa para ti trabajar con la marca Biotherm?
Todo es muy natural. Yo ya había colaborado con ellos haciendo vídeos de buceo y de apnea, así que, cuando surgió ser embajador de Biotherm Homme, las cosas fueron rodadas. Además hay algo que tengo claro, y es que sólo trabajo con aquellas marcas que se alinean de forma orgánica con mis gustos. No soy bueno mintiendo.
Vamos a verlo: ¿esos músculos son genética?
Ir al gimnasio no me gusta, pero sí hago ejercicio, porque me ayuda mucho a liberar la mente y a descansar. Me viene muy bien practicar surf, boxeo y pilates.
Me acabo de abrir una cuenta en Instagram. Con tu experiencia en redes sociales, ¿qué consejo me darías?
Uf, no sé. Creo que, incluso, puede ser más negativo que positivo. Yo alguna vez he pensado en quitarme.
¿En serio? ¿Por qué? Eso, de entrada, me desanima...
Porque no me interesa cotillear y tampoco me gusta sentirme observado por los demás, pero luego es verdad que funciona como plataforma para promocionar tus proyectos. Yo lo uso para lo que me interesa, que es ponerme en contacto con gente que quiero conocer, aunque intento no enseñar mucho de mi vida. Siempre he pensado que cuanto menos muestre de mí, mejor. Pero, bueno, está claro que las redes sociales también te facilitan conseguir contratos y es una forma de obtener ingresos.
Cuando 6,5 millones de personas te siguen, se te puede ir la cabeza. ¿Cómo afecta tanta atención a tu ego?
Soy cero obsesivo, no le dedico más de 30 minutos al día a las redes. Sé que hay gente que se pone y está cuatro horas, pero a mí eso me da ansiedad, mi cerebro entra en una dinámica de comparación, de pensar que no estoy en el sitio correcto, que podría estar haciendo eso que veo a otro, que no soy lo suficientemente bueno... De lo que sí reconozco que tengo dependencia es de la tecnología.
¿En qué sentido exactamente?
Una cosa que hago nada más levantarme –algo que me cuesta, porque remoloneo, estoy un rato pensando y controlándome para no tocar el móvil y acabar haciendo scrolling– es leer varios periódicos digitales, me interesa la actualidad. Y también uso la tecnología para mirar los guiones. Pero, es curioso, cuando leo una novela, me gusta tocar el libro físico, sentir su olor y pasar las páginas.
En muy poco tiempo tu popularidad ha crecido enormemente. ¿Qué cambiarías de la fama si pudieras?
La falta de privacidad. Ahora paso mucho tiempo en un pueblecito de Portugal y me encanta ir allí, porque no hay mucha gente y todo es increíblemente tranquilo. La mayoría de los vecinos seguramente no saben quién soy, y, si lo saben, no les importa. Y eso me encanta, porque yo soy muy de barrio, de saludar, conversar. Me gusta que me valoren por ser como soy, no por ser quien soy.
Acabas de terminar de rodar la primera temporada de la serie Zorro como protagonista. ¿Cómo ha ido?
Han sido siete meses potentes. Menos mal que estábamos en Gran Canaria, pero ha sido duro física y mentalmente.
Hablar de salud mental está dejando de ser un estigma y empieza a normalizarse. ¿Para ti cómo es de importante?
No pasa nada por decir que te sientes mal. De hecho, para mí pasar tanto tiempo fuera de España me sirve como terapia. Voy desde hace años al psicólogo y me ayuda a recolocar aspectos de mi vida, sobre todo en estos últimos tiempos, donde ha habido tantos cambios.
¿Te ha costado superar esos ciclos de altibajos?
La presión social te afecta, porque intentan hacer que encajes en una casilla. Por eso para mí es importante pasar tiempo con mi familia y mis amigos y estar cerca del mar.
¿Qué talento te hubiera gustado tener que no tienes?
Sin lugar a dudas, cantar, pero me falta voz.
Hablando de eso, se ha puesto de moda airear asuntos de pareja en las canciones. Si te ocurriera, ¿cómo te lo tomarías?
No reaccionaría. No regalo mi intimidad, mi vida privada.
Cuenta el actor Imanol Arias que la mayor locura que ha hecho en su vida por amor ha sido casarse. ¿Y tú?
(Risas). Evidentemente, también he hecho alguna tontería por amor, pero no te la puedo contar.
Hoy en día dicen que es imposible ligar si no es a través de aplicaciones, pero no sé si a ti te pasa lo mismo.
Yo no estoy en Tinder, ni sé cómo se usa, no me siento cómodo con eso. Creo que hay otras formas de conocer gente. Se puede hacer viajando, viendo mundo...
Has estado en muchos sitios. ¿Cuáles te han dejado huella?
África y la India. Me gusta empaparme de los lugares, comer lo que es costumbre, conocer su cultura, su cine, no encerrarme en un hotel de cinco estrellas. En esos sitios, donde ves desigualdades, te das cuenta de que eres más que un privilegiado. Sólo haber nacido en España, tener pasaporte europeo, ya nos coloca en una situación de ventaja.
Hablas con pasión del mar. ¿Te preocupa el planeta?
Sí, amo el mar y creo que la mejor forma de cuidar algo es que la gente se enamore de ello, y esa es mi aportación a través de mis redes. Pero no voy a ser hipócrita: no soy un activista ni tampoco la persona más ecologista del mundo. Y no me gusta esa corriente de hacer que la gente se sienta culpable. Al final todos somos causantes del cambio climático.
Desde hace unos meses, se habla de los nepo babies. ¿A ti cómo te ha influido que tu madre sea una actriz famosa?
Ha sido más negativo que positivo, porque siempre te juzgan. Es muy injusto, pero lo acepto. Al final acabas siempre justificando el trabajo que haces.
¿Te preocupa el futuro o no es algo que te plantees?
No pienso a dónde podría llegar, pero sí le doy vueltas a no tener trabajo, qué haría, porque no tengo plan B.
¿Alguna vez has sentido miedo?
Sí, a veces no sabes si serás capaz de hacer bien tu trabajo. Me pasó al principio de rodar 1899, porque el director era muy exigente y yo no acaba de entender lo que quería. Pero ese reto es bonito, porque te empuja a querer ser mejor.
¿Cuáles son las cosas que te hacen más feliz?
Crear personajes. Tengo una coach que me ayuda, es mi guía.
Ahora que estamos en campaña electoral, pide un deseo.
Cortar la polarización, no me gustan los extremismos.
Sueño con la jornada laboral de cuatro días, aunque reconozco que soy una workalcoholic de manual. Así que negando el principio de contradicción más básico, el placer que me produce trabajar es directamente proporcional a la satisfacción que siento en el estadio más absoluto del dolce far niente. Todo un caso de estudio para los defensores del pensamiento lógico. Soy licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Deusto y Máster en Periodismo por la Universidad del País Vasco y está claro que no soy nativa –ni conversa– digital, porque todavía me resisto a abrir perfiles en redes sociales, sigo prefiriendo los libros a los ebooks y una conversación telefónica a un audio de whatsapp… aunque ya me he pasado a los periódicos online.