Leer a Carlos Risco sin tener un bolígrafo a mano tendría que estar penado por la ley, porque es extremadamente necesario subrayar esos bellísimos pensamientos que el periodista sabe plasmar con una descomunal belleza sobre el papel. Hay quien escribe y quien escribe bonito, y por descontado, él es de los segundos. Lo que no me atrevo a decirle (lo va a descubrir ahora) es que como siempre le leo en el ordenador o en el móvil, en realidad sus frases terminan en el bloc de notas del iPhone, un lugar mucho menos romántico que la libreta de piel que él usa, pero no por ello menos significativo.

Tampoco me he atrevido a preguntarle, dada su capacidad para hacer de lo pequeño algo titánico y de lo aparentemente insignificante algo esencial, qué le parece el término 'declutter'. Para comenzar, porque temo que me lance el anglicismo a la cara y para continuar, porque en su libro, ‘Objetos a los que acompaño’ (Círculo de tiza, 2024) deja claro que acumular por acumular no va con él. Dedica un capítulo a cada uno de los 100 objetos que tiene en su casa, situada en una aldea abandonada en Galicia, donde es “gobernador de los ausentes”, algo en lo que tiene experiencia: pasó de vivir en una buhardilla en Lavapiés a una caravana en la provincia de Ávila, a siete kilómetros de los vecinos más próximos. Asegura que ahí fue más feliz que nunca.

Objetos a los que acompaño

Objetos a los que acompaño
Crédito: Amazon.es
"He escrito un libro de objetos pero lo que querría hablar es de la vida"

"Creo que insisto en la misma idea todo el rato, en tener pocas cosas, en elegir bien a quién acompañamos, o tampoco elegirlo demasiado, conformarnos con lo que ya tenemos. He escrito un libro de objetos, pero lo que querría hablar es de la vida. Quizá sea ahí, en el tranquilizarse por tener, cuando vemos a las cosas que usamos a diario como compañeras, valoramos lo que hacen por nosotros, nos sentimos orgullosos de estar a su lado. Y claro, cuando están bien hechas, que no tienen por qué estarlo, cuando han sido fabricadas por compañías que quieren fabricar cosas durables, o por artesanos, o por manos de difuntos, con materiales de la naturaleza y con procesos no industriales, pues seguramente durarán más que nosotros”, explica. “Este pensamiento es un consuelo. Saber que este reloj o esta olla durará más que uno mismo conforta. Es un privilegio entonces acompañarlos. Ser su orgulloso usuario”.

portrait of a person near a beach with a body of water in the background
Felipe Ayala
Carlos Risco.

Si los objetos albergan memorias, ¿qué pasa ahora que todo está diseñado para la obsolescencia? ¿Acaso no están condenadas las memorias al olvido?

No sabría qué decirte. Quizá los objetos fabricados para terminar en un vertedero no consigan pasar a otro y darle ese testigo mágico, pero serán capaces de darnos buenas experiencias cuando los usemos en el mientras tanto. Uno puede ser muy feliz junto a una cámara que es basura digital en pocos años o con una bici de carbono que se romperá en una mala caída. Antes del olvido general habrá una experiencia y con la experiencia, una memoria… Quizá los objetos construidos para durar tengan otro peso en la vida, quizá nos transmitan la humanidad de los anteriores, pero cualquier cacharro que nos sea útil aquí y ahora, que nos resuelva la papeleta, es toda una celebración.

¿Se puede habitar un silencio real? El silencio puede resultar aterrador si se llena de esos pensamientos que no siempre queremos escuchar, por lo que hay que ser valiente y tener muy bien la cabeza para disfrutar del silencio, ¿no?

    El silencio es un bien escaso, un tesoro muy poco valorado que cualquiera vapulea. No hay más que viajar en tren, entrar en un café o bañarse en una terma. Somos un país de gritones. Pero el silencio existe, claro. Hay un silencio mineral sin interrupciones cuando uno se aleja lo suficiente, que por desgracia suele ser demasiado. Y merece la pena. En casa hay mucho silencio, pero también desbrozadoras lejanas, aviones que rompen el cielo, petardos de las fiestas, disparos de cazadores, ecos del tren de vez en cuando... Y, cuando no hay ruidos de humanos, hablan el viento, las lechuzas, los jabalíes, los perros prisioneros… pero la naturaleza habla, no grita, como la civilización.

    carlos risco
    Felipe Ayala
    Carlos Risco.

    Y de si hay que ser valiente, no lo creo. El silencio no debería ser aterrador sino una fuente de paz. Supongo que estamos poco acostumbrados, tenemos demasiado ruido en las cabezas. Cuando uno vive sin ruidos, se desactivan mecanismos de defensa, se relajan los nervios, se prepara el corazón para lo bueno. Aunque, como dicen los yoguis, el silencio está dentro de cada uno. Hay que procurar estar sereno dentro. Y así puede tronar afuera y no nos alterará.

    “Tengo amigos con opíparos sistemas digitales que les chivan hasta el estado de ánimo de la pared”, escribes, y aseguras no necesitar tener un pulsómetro. ¿Acaso no nos hace esta obsesión por monitorizarlo todo esclavos del control?

      No quiero ser un integrista, pero me fastidian un poco todos esos relojes inteligentes que lleva la gente, que han desterrado al reloj, que es un complemento muy elegante y todo para leer los whatsapps sin coger el teléfono. Es una obsesión el 'big data', aunque supongo que alguien con problemas de corazón está bien que conozca su pulso en todo momento… Conocer nuestro gasto calórico, las horas de sueño o la potencia del pedaleo quizá tenga utilidades que desconozco, pero todos sabemos que cuando uno hace bien lo que tiene que hacer (comer, dormir, hacer ejercicio), el resto importa poco.

      "Lo profundamente transformador es conocer las colinas y los ríos que están cerca de tu casa"



      Dices que viajar es un pecado mortal. ¿Viajamos para escapar, no para librarnos?

      Creo que viajamos tanto, y tan lejos, y buscamos la experiencia exótica para huir de vidas que no nos gustan, de trabajos que nos anulan, de esta sociedad de la prisa y la agitación. Viajar (y además en avión) en este planeta clónico y gentrificar paraísos me sabe como algo inútil y cruel, pero también comprendo a las personas y su desesperación. Se viaja, pienso, para huir del ruido del mundo. Estamos viviendo el colapso de esta civilización y vamos como pollos sin cabeza. Viajar te transforma y sólo viajando se conoce, como decía un proverbio moro, “el corazón de los hombres”, pero no hace falta irse lejos. Con los años me estoy dando cuenta de que lo verdaderamente radical, lo profundamente transformador, es conocer las colinas y los ríos que están cerca de tu casa. El exotismo está aquí mismo. Sólo hay que dejarse sorprender. Mi padre, que era un sabio, decía que no alcanza la vida para conocer la provincia.

      "Creo que lo bello es doblemente bello cuando tiene una tarea encomendada"


      Aseguras que lo bello y lo útil son la misma cosa, pero bien sabes que ahora prima la belleza sin funcionalidad…

      ¿Cómo no ver con ojos tiernos a la herramienta que hace nuestra vida mejor? ¿Cómo no querer al abrelatas, al cuchillo, al smartphone que tan buenas cosas nos traen? Lo útil se gana su valor estético por servirnos, nos conmueve y nos enamora. Están muy bien los objetos hechos para el placer estético, lo que hace brillar al ojo, pero la verdad es que tenemos demasiadas cosas. Si lo hermoso no es también útil, quizá nos sobre. Hay que rodearse de unos pocos favoritos a quienes demos uso, mejor que de chupópteros vagos que no estarán ahí cuando los necesitemos. Dicho esto, la utilidad no tiene por qué ser física. Hay hermosuras sin otra función que la de hacer el corazón más grande, pero creo que lo bello es doblemente bello cuando tiene una tarea encomendada…

      “Cuando uno tiene un cubierto oficial no quiere usar otro”. Creo que es algo habitual entre los que vivimos solos, que tenemos nuestra taza, nuestro plato, nuestra cucharilla… ¿Será que vemos en esos objetos compañía?

      Es que yo creo que todos tenemos nuestros favoritos. Es deseable y hasta debería ser obligatorio forzarnos a tener cariño con las cosas que usamos en el día a día. Porque quien ama, cuida. Quien aprecia, custodia. Para mí, repetir cuchara, taza o cuchillo es la mejor noticia siempre. Porque son los que más quiero en el mundo y junto a ellos soy mejor.

      "El Bimbo es rico, pero no es pan. Es una boutade industrial fabricada con intenciones retorcidas"


      “El pan es un asunto muy serio”. Qué gallego es eso, ¿no? Lo dice alguien que cree que el Bimbo es digno, tolerable…

      Jaja, el Bimbo es rico, pero no es pan. Es una boutade industrial fabricada con intenciones retorcidas. Imagínate al departamento de márketing probando sus nuevos panes con semillas o sin corteza... Ese pan de molde industrial es una pesadilla. Estamos apartados del pan de verdad. Y ojo, que en Galicia los panes también están adulterados y ya no hay tan buen pan como antes.

      "Los panaderos han dejado de ser gente honrada hace tiempo"

      Los panaderos han dejado de ser gente honrada hace tiempo. No hay oficio más honesto y necesario, pero demasiados panaderos adulteran el pan con mejorantes y levaduras artificiales. Les daría igual vender tornillos. Sólo quieren dinero. Por suerte, hay quien se toma el pan como una cruzada, como mi buen amigo Javier Marca, de Panic, el tipo que ha hecho la revolución del pan en Madrid (y diría que España). Otra gran suerte es tener a Pablo, de Mestura, cerca de casa. Hace el mejor pan de Galicia. Sin discusión. En su hogaza de centeno me quedaría a vivir.

      "Soy una víctima de esta sociedad industrial y también un problema para el planeta"

      Tus objetos son ajenos a la vida eficiente. Me pregunto si no hay que quererlos de verdad para no perder los nervios al no ofrecer esa inmediatez que buscamos, como cuando aguantas a la pareja que siempre tarda en salir de casa o que nunca responde rápido gracias a que la amamos, por lo que se aguantan sus demoras…

      No puedo responder esto sin una sonrisa en la cara. Todo tiene un “pero” en esta vida. No hay nada perfecto. Yo tampoco tengo todo ajeno a la eficiencia. Soy una víctima de esta sociedad industrial y también un problema para el planeta. Que yo esté aquí, que yo consuma y participe de esta fiesta civilizatoria no es una buena noticia. Es verdad que muchos objetos de antes tienen sus sombras. El molinillo de café cansa el brazo. La guadaña, los riñones. Hacer estas tareas con herramientas eléctricas o de gasolina es más cómodo para el cuerpo pero peor para el planeta y también para la mente, porque te sitúa en un plano dominador, te lleva a pensar que los tiempos de los procesos son otros y, de alguna manera, te agitan por dentro.

      a seated individual with long hair holding their hand to their face in a dimly lit room filled with books
      Felipe Ayala
      Carlos Risco

      Pero lo analógico hace las tareas igual o mejor, a cambio de exigir cierta atención, cierto aprendizaje, cierto cariño, mantenimiento y reparación. Quizá esto no sean argumentos definitivos y no se puede ser un llorón del pasado, pero a mí me pone contento pensar que puedo barrer en vez de aspirar, que puedo hornear con fuego y no con gas, que el algodón bien encerado no tiene nada que envidiar al goretex. En estas acciones de encerar una chaqueta, de mover la manivela del molinillo, de segar la hierba en la meditación de la guadaña, hay una recompensa muy humana, una satisfacción profunda.

      Sentir que muchos de los desheredados de la modernidad son suficientes y van al compás del planeta y de la vida, que usarlos es una buena noticia es una gran revelación. No hace falta ser un ludita ni maldecir todo el rato esta civilización del derroche, pero encontrar el cariño de lo bien hecho desagita el corazón y reencuentra al espíritu. Soy mejor después de usar una guadaña. Esto es así. No hay amor a lo imperfecto. Hay amor a lo sincero. Y lo sincero es también imperfecto. Desconfía de lo perfecto.

      Hablas de “clónicos hogares post modernos”. ¿Qué sientes al ver que el hogar, el lugar más sagrado, ha pasado a ser un escaparate de tendencias que poco o nada dice de quien lo habita?

      Bueno, cada uno elige, hasta cierto punto, cómo quiere vivir y cómo puede tener su casa. Somos víctimas de estos trabajos, de estas ciudades, de estas corporaciones. Nos equipan con muebles malos, iguales, en materiales caducos y poco honestos. Nos meten en estos apartamentos pequeños que tampoco podemos pagar. En los muebles se nota mucho que ya no hay mano del hombre. Los armarios son peores, porque la madera es peor y muchas veces siquiera es madera, las vajillas, butacas, cortinas… casi todo es feo y peor. Y cuando es bueno y se puede presumir de él, es carísimo. Lo bien hecho es ya un lujo. Y, como dices, los departamentos de marketing y el scroll infinito de las redes sociales nos hace antojarnos de lo mismo. Somos hijos de Shein y Zara Home. Qué le vamos a hacer.

      carlos risco
      Felipe Ayala
      Carlos Risco.

      Soléis dar rabia los que abandonáis “el mundanal ruido” porque nos da cierto miedo que nos deis lecciones, pero consigues que a ti, den ganas de ir a verte para que nos prepares un café en esa cafetera a la que amas. Intuyo que lo de dar lecciones de vida no va contigo.

      Hombre, yo no soy ejemplo de nada. Sencillamente, el venirme al campo me ha tranquilizado el sistema nervioso, mejorado mi sueño y aplacado mis ansias. Estar con la naturaleza, que es nuestra casa y no un sitio al que se visita, como decía Gary Snyder, es el gran reencuentro para un ser humano, separados como estamos de todo lo vivo (así nos va, esquilmando el planeta). Vivir en una aldea tiene un montón de pegas, pero para mí el balance es súper positivo. También querría decirte que también me gustan mucho las ciudades y su lío, aunque en ellas vivamos entre autopistas, medio locos y bebamos agua de mierda. Me gusta darme un baño de neones de vez en cuando. Por eso intento esta vida híbrida. Vivo en una aldea sin vecinos pero cerca de una ciudad con estación de tren, restaurantes y calles comerciales. Intento estar en el mundo pero sin el mundo, no ser un extremista ni un cabeza dura. Por supuesto, invitaré a café en la cafetera Alessi a quien venga a verme, qué menos.

      ¿Es la propina de dedicarle tiempo a las cosas en un mundo frenético y carente de paciencia la belleza?

      Hay cosas que te piden que cumplas la otra parte del pacto. Que las repares de vez en cuando, que las mantengas. La guadaña y la hoz deben afilarse cuando las usas, la sartén de hierro no puede ir al lavaplatos y hay que fregarla a mano para que no pierda su adherencia, a la chaqueta Barbour hay que aplicarle una capa de cera, también frotar con aceite de visón las botas de cuero. Cuando tú eres parte de estos procesos es inevitable mirar a estos útiles con admiración, porque haciendo tú un poco por ellos, te dan muchísimo. La modernidad ha aniquilado esta relación con las cosas, porque nos han hecho unos vagos y unos pedichones, como se dice en gallego al antojado que no hace más que pedir.

      Me llama la atención que hayas dicho adiós a los cedés en aras de Spotify. De repente ese abrazo a algo tan digital me ha sorprendido. Siendo músico, ¿ha vencido aquí el espacio, tal vez?

      En estos años he vivido en ocho metros cuadrados, y he tenido que reducir mis ajuares. Ahora tengo una casa grande, con espacio suficiente, pero se lo cedo a las compañías mejores. Me gusta tener a los libros cerca, aunque la mayoría no los he leído más que una vez. Los cds son rodajas de plástico y son sustituibles por la música en streaming, con sus listas inmediatas. Si hubiera tenido vinilos suficientes quizá los hubiera conservado, pero creo que lo mejor que le puede pasar a una colección de cedés o de algo que te estorbe y no uses, es que se lo regales a alguien que lo aprecie.

      Escucho música por un viejo estéreo de los setenta que suena muy sincero y también en mi vieja radio a válvulas con un adaptador bluetooth para poder lanzar canciones desde el móvil. No me hace falta más. Decir adiós a muchas cosas es una suerte de liberación. Tener poco y que lo que tengas sea tu favorito, eso es felicidad para todos los días. No ser un talibán como Marie Kondo, pero que menos sea suficiente.

      ¿Qué te parece que ahora el termo Stanley sea una especie de it bag del que presumen las influencers, lanzando la marca ahora todo tipo de colaboraciones (desde Starbucks hasta Barbie)? ¿Lo ves como perversión o como una forma de acercar algo que de verdad está bien hecho a quienes se fijan más en la estética que en la funcionalidad?

      Me parece maravilloso que tanta gente se deje acompañar por algo tan bien hecho y tan cool. Aunque llegue en forma de tendencia, se está eligiendo lo que dura. Esto ya es una gran noticia.

      “Con la Parker me autodedico cada nuevo libro que entra en mi biblioteca”, escribes. ¿Cuál ha sido el último libro y qué te has autodedicado en él?

      'La mamá de la lluvia' , de Zué Lorenzo Cobaría. "Lee a este hombre. Tiene cara de sabio.

      Como hablas de objetos hechos para perdurar, hablas mucho de cuando no estés. Si alguien escribiera sobre los cien objetos que más ama y entre ellos hubiera uno tuyo, ¿cuál querrías que fuera?

      No sabría decirte. A saber qué pasa cuando yo no esté. Imagino que mis sobrinos se quedarán algunas cosas y venderán todo al trapero. Elegir es difícil, quizá, si tuviera que elegir uno, elegiría mi vieja bicicleta Peugeot Randonneur, que la uso todos los días y a la que no puedo mirar sin sonreír o la taza de acero esmaltado que también repito cada mañana.

      Y quien venga después y anote en esa libreta de piel de la que no te despegas, ¿qué te gustaría que subrayara de lo que hay ahí escrito?

      Huy, no creo que se entienda la letra. ¡Y mejor que así sea!

      Headshot of Marita Alonso

      Marita Alonso es experta en cultura pop y estilo de vida. Escribe acerca de fenómenos culturales desde una mirada feminista en la que la reflexión está siempre presente. No tiene miedo de darle una pincelada de humor a las tendencias que nos rodean e intenta que el lector ría y reflexione a partes iguales. Cuando escribe sobre relaciones, su objetivo es que la toxicidad desaparezca y que las parejas sean tan saludables como las recetas que intenta cocinar... Con dramáticos resultados, claro. Los fogones no son lo suyo.

      Ha publicado dos libros ("Antimanual de autodestrucción amorosa" y "Si echas de menos el principio, vuelve a empezar") y colabora en diversos medios y programas de radio y televisión luchando por ver las cosas siempre de una manera diferente. Cree que la normalidad está sobrevalorada y por eso no teme buscar reacciones de sorpresa/shock mediante sus textos y/o declaraciones.

      Licenciada en Comunicación Audiovisual por la Universidad Complutense, imparte master classes de cultura pop, estilo de vida y moda en diversas universidades. En Cosmopolitan, analiza tendencias, noticias y fenómenos desde un prisma empoderador.