Hace unos años, la visita a Italia se resumía en tres ciudades básicas: Roma, Florencia y Venecia. Con el tiempo, la geografía italiana se fue abriendo a los viajeros, que descubrieron otros puntos como Siena, Pisa, Milán o Verona; a otras regiones más allá de la Toscana, como Trentino, Liguria, Calabria... y otra gastronomía más allá de la pasta y la pizza, como la caponata o la farinata.

Italia lo tiene todo: arte, cultura, una temperatura aceptable -si evitas los 40 grados de Roma en verano-, una gastronomía valorada en todo el mundo, un idioma que puedes comprender bastante bien (y tú expresarte en castellano), buenas carreteras para ir en coche, paisajes de naturaleza y marítimos sobrecogedores... y algunas ciudades fuera del radar, poco masificadas, para unas vacaciones irrepetibles.

Bolonia

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El lema de Bolonia, la capital de Emilia Romagna, no podría definirla mejor: "dotta, rossa, grassa". 'Dotta' [docta] porque allí nació en 1088 la primera universidad occidental, 'rossa' [roja] por el color de sus tejados y 'grassa' [grasa] por las especialidades culinarias que la identifican, la sabrosa mortadela y la lasaña. La ciudad es pequeña, viva, tranquila, con muchos y agradables soportales y una vida universitaria que podría recordarte a la de Salamanca. Desafía al vértigo y sube los casi 100 metros de la torre medieval Degli Asinelli, para avistar desde allí el mejor paisaje de Bolonia, con su Archiginnasio, la basílica de San Petronio o la piazza Maggiore. De museos, no dejes de ver el Cívico Arqueológico, con grandes colecciones arqueológicas y, para no pasar calor, nada mejor que un paseo por sus inconfundibles Giardini Margherita.

Perugia

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También hay cosmopolitismo y vida universitaria en Perugia, la preciosa capital de Umbría, una versión 'low cost' y menos masificada de la Toscana. Parece un pueblo medieval fortificado, tiene edificios maravillosos y un entorno natural incomparable (y un chocolate que es famoso en todo el mundo, qué más pedir). Callecitas del siglo XIV, serpenteantes e idílicas, y como corazón de la ciudad, la piazza IV Novembre con la Fontana Maggiore, el Palazzo dei Priori y la catedral de San Lorenzo. Fotografiable a más no poder, igual que el Pozo Etrusco, una increíble obra hidráulica de esa civilización, o las obras de arte (Mantegna, Pinturicchio...) de su Galleria Nazionale dell'Umbria. Si no eres goloso y no te pirras con el chocolate, prueba los 'stringozzi' de trufas, una pasta típica de la zona.

Palermo

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Si no te importa el calor, Palermo es un destino perfecto, barato y con algo de turismo -pero sin ser las clásicas ciudades italianas- para viajar al terminar el verano o, si puedes, ya en otoño. Es una villa que, en cada esquina, demuestra cómo ha sido históricamente cruce de caminos de diferentes civilizaciones, con ejemplos barrocos, bizantinos, árabes... Una visita obligada es la de la catedral, consagrada a la Asunción y erigida sobre una basílica cristiana; y el Palacio de los Normandos, el edificio más importante de la ciudad, originaria del siglo IX. Si buscas una playa apetecible, a solo 11 kilómetros se encuentra la de Mondello y, desde allí puedes coger un barco para recorrer el golfo homónimo. ¿Para comer? Si eres omnívoro, la 'stigghiola', con tripas de cerdo, es tu plato; si no, el 'sfincione', una pizza alta y blanda con salsa de cebolla, queso italiano y orégano.

Turín

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A un par de horas en coche desde Génova y Milán, Turín es la capital del Piamonte que fue el destino elegido por los Saboya para construir algunos de los palacios reales europeos más bellos de los siglos XVII y XVIII. Turín fue también la primera capital de Italia y, así, combina perfectamente elegancia y contemporaneidad. Entre los puntos obligados, la Galleria Civica di Arte Moderna e Contemporanea, con una importante colección de arte de los siglos XIX y XX o la céntrica Piazza de San Carlo, el lugar perfecto para tomar la bebida caliente típica de la ciudad, el bicerin, elaborada con café, chocolate y crema de leche. La Mole Antonelliana (en la imagen) es el monumento más fotografiado que, con casi 168 metros de altura, alberga el Museo Nacional del Cine -algo de esperar en una ciudad donde nació el cine italiano-.