Hay un colectivo totalmente ajeno a mi parcelita vital en el que pienso mucho más de lo que me gustaría: los –casi en su totalidad– hombres que pagan mil euros con sus tres ceros por un curso del influencer y coach y hombre hecho a sí mismo Amadeo Llados. Me los imagino un año, 20.000 burpees, 365 jornadas laborales de 12 horas y despertadores a las cinco de la mañana después, exactamente en el mismo punto donde empezaron. Solo que con más ojeras, menos amigos y menos dinero. Igual un poquito más de bíceps. No me dan exactamente pena, pero sí me hacen pensar ¿por qué? Y creo que la respuesta tiene mucho que ver con que, lejos de desterrarse, el concepto de meritocracia está cada vez más presente. Esa ilusión de control, del premio asegurado por hacerlo bien, es una de las trampas mentales más poderosas.

De primeras, no parece una mala idea. Se supone que es lo contrario a los privilegios heredados, un sistema social que permite conseguir el ‘éxito’ –cojamos este término con pinzas– gracias a los méritos y no a dónde nazcas. De primeras, suena esperanzador, motivador. El problema aparece cuando la teoría se pone en práctica y falla precisamente aquello que ha de sostenerla: la igualdad de oportunidades. “El discurso meritocrático de ‘si te va mal es porque no te has esforzado y si te va bien es porque te lo mereces’ es una trampa que funciona porque se apoya en algo muy básico de nuestra psicología, pero es una trampa. Cuando se traspone a la dinámica social es muy problemático porque las condiciones de partida de la gente no son las mismas”, explica Eduardo Zazo, profesor del Departamento de Filosofía de la Universidad Autónoma de Madrid.

La meritocracia se respalda en un individualismo feroz. Descarta toda interdependencia, ignora el contexto y las circunstancias, simula que vivimos en una especie de cámara aislada en la que el resultado depende solo de una variable: nuestro esfuerzo. Es el centro del discurso de todo gurú de Instagram. Y es atractivo, no vamos a negarlo. Da una sensación de control que, aunque falsa, es poderosa. Si me levanto a las cinco de la mañana y voy al gimnasio y luego me pongo objetivos diarios y dedico las siguientes 10 horas a conseguirlos, seguro tendré éxito. ¿Qué podría salir mal? Para la psicóloga Arancha García, este esfuerzo puede ser sano mentalmente: “La satisfacción más nutritiva es la que te da el esfuerzo por hacer algo, más allá del resultado”. Y en el resultado está la cuestión.

La rueda de productividad infinita

En la práctica, una práctica en la que esa idea de causa-consecuencia simplista y justicia vital no existen, podemos fracasar aunque nos esforcemos o salir airosos sin esforzarnos –sucede mucho menos a menudo– y, atrapados en esa rueda de productividad infinita, desatendemos factores imprescindibles para unos mínimos de salud mental. Y esto afecta en mayor medida a quienes ocupan el lugar menos privilegiado, pero también a quienes parten de condiciones favorecedoras. “Mientras que antes los niños aristocráticos se deleitaban con sus privilegios, ahora los niños meritocráticos calculan su futuro: planean y maquinan, a través de rituales de autopresentación escenificada, ritmos familiares de ambición, esperanza y preocupación”, explica Daniel Markovit, autor de La trampa de la meritocracia, en un artículo para The Atlantic. “La meritocracia atrapa a generaciones enteras dentro de miedos denigrantes y ambiciones abstractas, no auténticas”, expone.

La meritocracia nos divide y nos enfrenta

Además de aislados e infelices, creer y vivir acorde a la idea de meritocracia nos hace también más egoístas. Es casi una cuestión de supervivencia mental. Volvemos a aquello de las trampas. “Nos hace crecer más el esforzarnos –independientemente del resultado– que el vivir desde la comodidad, asumiendo que está garantizado que por cada esfuerzo que haga me van a dar un reconocimiento. Esto último crea personalidades más frágiles y vulnerables”, afirma Arancha García. Es reconfortante pensar que todo lo que me sale bien se debe única y exclusivamente a que soy la mejor y que, por lo tanto, si a la de al lado le sale mal es porque no se ha esforzado lo suficiente. No tiene que ver conmigo. Cada persona, una isla. En el libro Éxito y suerte, el economista Robert Frank cita un estudio en el que Emilio Castilla, del Instituto Tecnológico de Massachusetts, y el sociólogo Stephen Benard, de la Universidad de Indiana descubrieron que implementar sistemas basados en la meritocracia en empresas privadas –como los bonus basados en el rendimiento– conducía precisamente a la clase de desigualdades –de género, raza y clase social– que supuestamente este sistema social eliminaría. Los investigadores sugieren que esta «paradoja de la meritocracia» se produce porque adoptar explícitamente la meritocracia como valor convence a los sujetos de su propia buena fe moral y de su valía. “Satisfechos de ser justos, se vuelven menos propensos a examinar su propio comportamiento en busca de signos de prejuicio”, concluyen.

Redefinir el esfuerzo y asumir que la humanidad implica interdependencia. Que no soy solo yo, que soy también mi contexto, mi familia, las personas que me rodean, el lugar donde nací y en el que vivo. Laura Muñoz Palacios, psicóloga general sanitaria, psicooncóloga y experta en traumas psicológicos, propone una alternativa: “Implicar variables humanistas y comunitarias generaría una redefinición de lo que es ser exitoso y, sobretodo, nos alejaría del proceso solitario y ácido por el que hay que pasar para llegar a los estándares. Esto también dibujaría una percepción distinta al fracaso, donde no sería una cuestión de llegar o no a los estándares meritocráticos, sino un proceso en el que ir aprendiendo y evolucionando”.

Headshot of Carolina Freire Vales

Escribe sobre psicología, vida laboral y relaciones emocionales. Escribe, como decía Joan Didion, para entender el mundo. Estudió Periodismo y Comunicación Digital en el CEU San Pablo y Comunicación Estratégica en la Universidad de Columbia. Empezó su carrera en el diario digital The Objective. Ahora escribe en ELLE y S Moda, y también ayuda a marcas a contar su historia.  Vive como escribe: en un intento constante por descubrir qué significa ser mujer adulta y feminista en el presente. Para ello, se sirve de las voces de mujeres que se plantearon esa cuestión mucho antes que ella.  Le gustaría que todas las comedias románticas fuesen como La peor persona del mundo.