Pocas situaciones me crispan tanto como esta: el típico tío que, envalentonado por la solidaridad de grupo, se sitúa en el centro de la conversación para quejarse de que su novia lo tiene adiestrado, atado en corto; no le deja vivir. Todavía peor si la novia está presente cuando se queja. Peor todavía si es, qué sé yo, una cena de parejas y esa solidaridad de grupo desencadena el lamento común.
Es tan desolador como frecuente. Novias que se comunican con sus novios a base de broncas, novios que las reciben como un niño malcriado, novias son mucho más que novias, que son también madres que educan y regañan, agenda y recordatorio andante, personal shopper, nutricionista, coach laboral. Novias que a cambio reciben caras largas, pasividad, amagos de rebeldía, una moto en el garaje.
En el imaginario heterosexual, esta dinámica perversa muestra al hombre como víctima, pero en realidad quienes la sufrimos somos nosotras, que nos echamos a la espalda otra carga más. “Que una mujer adopte el rol maternal en una relación de pareja supone una carga mental que lleva a situaciones de insatisfacción y estrés”, explica Marisol Rojas, psicóloga experta en violencia machista. Ya lo escribió Jane Ward en La tragedia de la heterosexualidad: "Mientras las mujeres leen innumerables libros de autoayuda, escuchan podcasts, acuden a amigas en busca de consejo y apoyo y se gastan una pequeña fortuna en terapeutas para tratar viejas y nuevas heridas, los hombres de sus vidas simplemente se apoyan en ellas". Un chollo.
¿Por qué adoptamos el rol de novia-madre?
¿Qué nos mueve a hacerlo? Rojas opina que es algo para lo que nos preparan desde que nacemos, empezando por esa imagen de maternidad tan importante en nuestro proceso de socialización, y que más tarde aplicamos a facetas de nuestra vida a la que no corresponde. No solo la pareja; sucede con frecuencia en el mundo laboral. También está por ahí, cómo no, la idea de amor romántico. “El mito de la omnipotencia del amor nos hace creer que, si es amor verdadero, nuestra pareja cambiará por nosotras”, explica Rojas.
La maternidad y el amor romántico, sí, pero no solo. No todo es cosa nuestra y, si nos descubrimos actuando como madre de un sujeto al que llamamos pareja, quizás convendría hacer análisis del sujeto en sí. ¿Qué es más increíble, que una persona adulta organice el armario, la dieta y la agenda social de otra o que ésta deje que lo haga? “Para que se dé este modelo, el hombre ha de adoptar un rol pasivo que deje en manos de su novia ciertas responsabilidades. Suele ser un perfil de personalidad bastante inmaduro”, afirma Rojas.
Un perfil que contrasta con una conciencia feminista que crece en las mujeres, pero no se ve reflejada en sus relaciones heterosexuales. “El feminismo ha conquistado mucho en el plano público, pero en el plano privado, muchísimo menos. Ahí se reproducen mitos, roles y estereotipos que perpetúan la desigualdad de empatía, de cuidados, emocional, en el compromiso…”, apunta la filósofa, escritora y teórica feminista Luisa Posada, La última encuesta del CIS sobre las percepciones de igualdad entre hombres y mujeres lo constata: la igualdad de cuidados es todavía una ilusión. Nosotras dedicamos el doble de tiempo al cuidado de los hijos que los hombres (6,7 horas diarias frente a 3,7), y una hora más cada día a las tareas del hogar. Lo vemos y nos sabemos la teoría, pero la realidad va a su ritmo y, para acelerarlo, corremos el riesgo de acudir a ese recurso que tenemos tan a mano: convertirnos en madres, salvadoras. Si no cambias, yo te cambio. “Esto lo vemos a diario en nuestro entorno. Se provocan tensiones, infelicidad porque se nos ha vendido que la relación de pareja y, en concreto, el matrimonio, es un fin en sí mismo que produce la felicidad perfecta. Vemos cuánto sufren las mujeres que quieren poner en marcha ciertas conquistas en su relación…”, añade Posada. Rojas, directamente, afirma que “no se puede cambiar a las personas” y que, como consecuencia, “una relación de este tipo genera conflictos y malestar, y suele acabar a largo plazo en ruptura”.
La conclusión, chicas, es que no hagáis esa concesión innecesaria. No os hagáis eso. No os echéis todavía más peso del mundo sobre vuestros hombros actuando de madre de vuestras parejas. La conclusión es que solo cambia quien quiere hacerlo y, sobre todo, que no sirve cualquiera. “No nos sirve cualquiera para tener una relación de pareja; sirve una persona que (como mínimo) sea afín a nosotras. En una relación sana y madura no caben las luchas de poder ni el aleccionar a nadie”, concluye Rojas.