- Dos generaciones: Estée Lauder (a la derecha) con su nieta Aerin, que más tarde fue directora creativa de la marca. Estée era hija de inmigrantes, creció en Queens con siete hermanos y trabajó en el laboratorio de su tío ayudándole con las fórmulas. Cuando ya había aprendido lo suficiente puso la directa: cambió el packaging, los nombres -su primer producto fue la crema Super Rich All-Purpose- y repartió muestras entre los salones de belleza clave de Nueva York (esto de las muestras parece una obviedad, pero se lo inventó ella). El primer pedido gordo -800 dólares de 1947- fue de Saks, que lo agotó en horas. El resto es historia; Estée Lauder es, después de L’Óreal, el segundo grupo de belleza más grande del mundo (tienen Clinique, Bobbi Brown, los perfumes de Tom Ford, Frédéric Malle, La Mer, Jo Malone, Le Labo, The Ordinary…). A veces las chicas muy jóvenes tienden a dejarse liar por influencers con poca idea y compran marcas efectistas, más virales que consistentes y, en fin, un poco chorras. Mi humilde consejo es que confíen en los clásicos.
- He elegido esta foto de cabecera porque Estée -buscavidas, astuta, simpatiquísima- tuvo una trayectoria diez veces más apasionante que Aerin y sus cejas de buena familia, sus estudios en una Ivy League, su silla en la junta directiva del Met y el MoMA y su marido banquero de inversión (Eric Zinterhofer, el perfecto yerno norteamericano. Buscadle en Google: la IA no te crea algo así ni aunque le des semanas). La mayoría de mujeres de sesenta años que conozco han llevado vidas accidentadas y apasionantes; han crecido en una dictadura, han aguantado todo el machismo posible y se han puesto las pilas de una forma admirable. Son trabajadoras, prácticas, discretísimas con los fallos ajenos. Tienen paciencia de santo, pero (perdón) no están para hostias.
- La vida a partir de los sesenta, en fin, es absolutamente igual que siempre. Una treintañera y una sesentañera no tienen el mismo ímpetu, pero ambas quieren independencia, compañerismo, respeto, tranquilidad. No estoy de acuerdo con esos trampantojos verbales de "Los _ son los nuevos _". La biología no perdona. El cuerpo, el ánimo y el cansancio no son los mismos. Y, sin embargo, la vida a partir de los sesenta me parece maravillosa. Yo estoy deseando llegar y dar lo más por saco posible. En ese momento vital ya se tiene una clara perspectiva de si se eligió por defecto o por consciencia. Si se escogió lo que la sociedad aplaude se habrá pagado el precio de un cierto hastío. Si se eligió lo que la sociedad mira de reojo se habrá pagado un cierto ostracismo.
- Aprendizajes del último tercio de la vida. Ser útil a los demás sin que por ello se aprovechen de uno. Espabilarse y no ir preguntando todo. Dejar las cosas hechas en un plis, da igual si no quedan perfectas. Los antipáticos, los quejicas y los desaliñados no gustan a nadie. La familiaridad es sosiego, no una excusa para la dejadez. Las oportunidades nunca son obvias. La vida tiene sacrificios y es aburrida la mayoría del tiempo, y no pasa nada. Aceptar una crítica justa con deportividad es elegante. Obras son amores. Huir de las chorradas de horóscopos, eneagramas, etc. Es más importante ser constante que extraordinario. Los caprichos, la fuerza de voluntad y las obligaciones rondan por ahí, pero la energía no miente: donde pones la energía pones el corazón. Seleccionar bien las batallas (esto no lo cumplo, siempre me estoy sulfurando por gilipolleces). La música es importante. Ser mayor no equivale a actuar como un mayor. Los amigos y los familiares se van: no hay tiempo que perder.
- Mis +60 favoritas: Amélie Nothomb (tiene 58 años, espero que me perdone), Valerie Steele, Benedetta Tagliabue, Suzy Menkes, Rosi Braidotti, Jil Sander, Isabelle Huppert, Teresa Helbig, Kazuyo Sejima, Shirley Henderson, Harriet Walter, Twiggy, Margaret Atwood, Susan Kare…
Marta D. Riezu es periodista especializada en comunicación de moda y ha publicado dos libros: Agua y jabón (Terranova, 2021) y La moda justa (Anagrama, 2021).