Hay artistas cuya luz permanece mucho más allá de la pantalla. Verónica Echegui fue una de esas mujeres capaces de habitar cada personaje con todo su ser, de despojarse de artificios y ofrecernos, con generosidad, la esencia misma de lo humano. Hablar de ella es hablar de una mujer valiente, sensible y real, capaz de transitar con la misma naturalidad por la risa y por la herida. Su mirada, cargada de vulnerabilidad y a la vez de fuerza, tenía el talento de interpelarnos sin filtros, de mirarnos y hacernos sentir que algo profundo estaba a punto de suceder frente a nosotros.
Su debut en Yo soy la Juani (2006, Filmin), de Bigas Luna, la convirtió en un icono de una generación y le abrió un camino que transitaría con valentía y autenticidad. Desde entonces, demostró que no le temía a los desafíos. En Katmandú, un espejo en el cielo (2011, Movistar Plus+), se puso en la piel de una maestra que lucha contra la desigualdad en Nepal, aportando humanidad y compromiso social. Ese mismo año, en Seis puntos sobre Emma (2011, Prime Video), exploró con crudeza y ternura las complejidades de la fragilidad. Más adelante, conquistó al gran público con su frescura y desparpajo en comedias como No culpes al karma de lo que te pasa por gilipollas (2016, Prime Video y Movistar Plus+), donde mostró su talento para la ligereza sin renunciar a la verdad emocional. Y en La gran familia española (2013, Movistar Plus + y HBO Max), brilló en un retrato coral sobre los lazos, las aflicciones y las reconciliaciones, y confirmó que podía moverse con igual soltura el drama íntimo y la comedia costumbrista.
Su compromiso con la actualidad y la memoria se vio reflejado en Justicia Artificial (2024, Prime Video) , una película que planteó preguntas molestas sobre la ética y la tecnología, recordándonos que el cine también puede ser un espacio de reflexión. En televisión, brilló en series como Apaches (Movistar Plus+), donde desplegó magnetismo y fuerza en una trama de crimen y lealtades. Y más reciente en Intimidad (2022, Netflix), en la que volvió a demostrar su capacidad de interpretar personajes femeninos atravesados por la fragilidad y la resiliencia. Un retrato incómodo pero necesario sobre los límites de la privacidad y la violencia contra las mujeres. Allí, su actuación delicada y potente ayudó a poner rostro y voz a un debate urgente.
Pero no se puede hablar de Echegui sin mencionar su vínculo con el teatro. En las tablas, donde el contacto con el público es inmediato y feroz, brilló con obras como El amante de Harold Pinter, donde mostró esa habilidad suya para moverse en la frontera entre lo real y lo sugerido, lo carnal y lo intangible. En cada proyecto teatral, Verónica ha confirmado que su fuerza no depende de un formato o una pantalla, sino de su entrega absoluta al arte de contar.
Pero no se quedó únicamente en la interpretación. En 2022, su talento tras la cámara fue reconocido con un Premio Goya al Mejor Cortometraje de Ficción por Tótem Loba (2021, Filmin). Esta pieza impactó por su crudeza y valentía al denunciar las raíces de la violencia machista en entornos festivos y aparentemente inofensivos. Fue un cortometraje necesario porque nombraba lo silenciado y ponía en evidencia lo que tantas veces se normaliza.
Lo imprescindible de Verónica Echegui no está solo en los títulos o en los premios que dan forma a su trayectoria, sino en cómo nos recordaba que la interpretación es un acto de generosidad y la manera en que vivió su oficio: con humildad, coraje y una entrega absoluta. Ella no buscaba brillar por sí misma, sino iluminar lo humano, lo frágil, lo profundo de nuestras emociones. Por eso, más allá de cualquier etiqueta, Verónica Echegui es, y será siempre, imprescindible.