Para encontrar el santo grial, los caballeros artúricos estaban dispuestos a dejarlo todo, irse de viaje a tierras remotas, correr grandes peligros y pasar años recorriendo el mundo. Algo de aquel espíritu peregrino nos inspira –o más bien nos posee– a un pequeño grupo de amigos que tengo desde la primera adolescencia, y nos lleva a emprender todo tipo de búsquedas a lo ancho de la geografía española en pos de la mejor ejecución de determinados platos tradicionales. Hemos buscado así, a través de los años, la mejor anchoa, la mejor tarta de queso, la mejor croqueta, el mejor lechazo, la mejor ensaladilla rusa, la mejor tortilla de patata, el mejor bonito con tomate o el mejor arroz. Si la cantidad de tiempo y dinero invertido en estos empeños se hubiera destinado a encontrar curas para enfermedades, créanme que estaríamos cerca de haber logrado la inmortalidad del hombre.

La proclamación del plato perfecto ha de ser sometida a la decisión del cónclave de amigos. A veces hay unanimidad inmediata; existen lugares que provocan epifanías colectivas en que la verdad nos resulta evidente a todos, como nos ocurre, por ejemplo, con la croqueta del restaurante La Cueva en Alar del Rey o el lechazo de Mannix en Campaspero. Las más de las veces, las deliberaciones pueden extenderse, hacerse violentas y no producir jamás un veredicto, pues aquí no se acepta la coexistencia de dos mejores tortillas: una tiene que prevalecer, y eso supone que algún amigo debe imponer como sea su criterio a otro. Si hay verdades en esta vida por las que merece la pena morir y matar, son las que definen cómo ha de ser la tortilla o los callos.

Hay incluso ocasiones en que todos convenimos dejar desierta una categoría durante años, alimentando de esa manera la esperanza de encontrar todavía algo mejor que lo que hasta ahora conocemos; por ejemplo, todos tenemos claro que el mejor arroz aún no lo hemos comido y vivimos con esa ilusión. Pero si hay una búsqueda que vivo con terror cada verano, es la del mejor tomate. Me detengo en cada pueblo por el que paso, llamo a casas que tengan huertas, pregunto a cocineros. Cualquier día estival puede uno al fin encontrar el santo grial de los tomates, y por su carácter efímero nunca más podrá volver a comérselo; no podrá incluso compartirlo con esos amigos del cónclave glotón si no están cerca; habrá llegado por fin a la cima suprema, y jamás podrá volver allí: todo será ya orfandad y nostalgia de aquel tomate irrepetible que hará vulgares a todos los siguientes.

Headshot of Jacobo Bergareche

Dejó sus estudios de Bellas Artes en la Universidad Complutense de Madrid, y se licenció en Writing, Literature and Publishing en el Emerson College de Boston. Ha publicado las novelas Estaciones de regreso (Círculo de Tiza, 2019), Los días perfectos (Libros del Asteroide, 2021) y Las despedidas (Libros del Asteroide, 2023).  Alterna la producción de series de televisión, con la escritura y colabora con varios medios nacionales de prensa escrita.