Si hay alguien al que Netflix sacudió su existencia, ese fue Enzo Vogrincic (Montevideo, Uruguay, 1993). «Supuso un cambio en todos los aspectos de mi vida». Así define el actor –con quien hablamos en Madrid, pero que no pudo estar en la sesión de fotos grupal a causa del apagón eléctrico– lo que conllevó para él que su primer papel protagonista en el cine fuese en La sociedad de la nieve, película dirigida por J. A. Bayona que llegó a todo el mundo a través de la plataforma. «El más grande es salir de casa, que la gente te salude o te hable y tú no sepas quiénes son. Pero lo gestiono con tranquilidad. Trato de entender el fenómeno, por qué alguien es capaz de viajar para sacarse una foto conmigo. Aunque, sinceramente, me cuesta comprenderlo. Se da una especie de confusión, a menudo hay quien asocia lo que sintió al ver un film con el actor que lo protagoniza, como si él cargara con las características del personaje. Y a veces puede ser, pero otras no. Aunque no hay forma de convencer a alguien de que eso no es así», explica. Enzo ha vivido momentos complicados con la fama–uno de los peores, en la fiesta de los Goya 2024, que le provocó una especie de fobia social transitoria–, aunque aprendió a gestionar esas emociones negativas y se quedó con el hecho de que su carta de presentación como intérprete fue un proyecto de esos que son como que te toque la lotería.
¿Marca una carrera empezar tan fuerte?
Esa cinta lo tiene todo y, ahora que he podido leer bastantes guiones, me doy cuenta de que es algo muy inusual. Pero no concibo este oficio como una carrera. Con 15 años, cuando tomé la decisión de dedicarme a esto, lo hice desde la pasión. Me enamoré y dije: «No hay otra opción. Quiero hacer teatro y cine».
¿Qué significa el teatro en tu camino profesional?
Es mi lugar, donde me siento realmente actor, porque en otro formato me veo un poco impostor. ¡Lo extrañaba muchísimo! Llevaba tanto tiempo inmerso en todo lo del film y arrastrando esa sensación de farsa, que desgasta... Ahora vuelvo a estar seguro.
¿Cuáles serán tus próximos pasos?
No puedo hablar de ellos (risas). Hay una parte que disfruto del no contar, de desaparecer como actor y que el espectador diga: «¿Este será el de la película aquella?». Preferiría que no se supiese quiénes somos, ni qué hacemos en nuestra vida privada, que a la gente no le interesase nada de eso, sólo ver tus trabajos.
¿Qué herramientas te han ayudado a gestionar la revolución en tu vida?
Pensarlo, charlar conmigo, darle vueltas y exponerme. Hay una cosa que hago que es conservar mis hábitos, hacer lo mismo de siempre, eso te va calmando en relación al exterior, aunque aparece una especie de antena con la que estás atento a lo que va sucediendo, y lo ves todo. Las personas que se quieren acercar, el que te reconoció pero siguió hablando o pasó de largo, el que viene… y a medida que me expongo a eso, esa parte de ansiedad desaparece y camino con tranquilidad como antes. Y es muy placentero.
Siendo tan ajeno a la exposición pública, ¿qué te enganchó de esta profesión?
Llevo preguntándomelo… es la pregunta que me hago cada vez que actúo, por qué hago esto. Y, poco a poco, se va respondiendo, se van encontrando pistas… como rastros de las infancia y cosas que dices: "¡Ah, estaba ahí!". Esta profesión tiene muchas cosas: por un lado tapa cosas, por otro te hace descubrirte y te ayuda con otras... es una profesión rara. Actúo porque no puedo no actuar. Es una forma de vivir, pero una parte, porque hay otras cosas que hago todos los días y me dan mucho placer. Pero actuar, cada vez que me lo proponen, me dan ganas, me divierte y quiero. Siempre es un sí.