- Me fascina el poderío y trayectoria de Aaron Spelling, que después de The Mod Squad, SWAT, Starsky & Hutch, Los Ángeles de Charlie, The Love Boat o Dinastía entró en tromba en la Telecinco de los primeros tiempos con Sensación de vivir y Melrose Place. Yo viví mucho más a tope la primera. Con el viejo truco de presentar varios arquetipos para que el espectador se identifique con uno, los adolescentes de toda una generación nos enganchamos a ese puritanismo californiano ricachón y exótico. ¡Jóvenes de 16 años en coches deportivos! ¡Ropa ancha y colorida! ¡Coca-Cola para comer! A su lado yo me sentía de Valdeporrillo del Camino Seco. Inicialmente escogí a Brenda, pero con el tiempo quise ser como el bobo Steve: rico, mimado, ajeno a cualquier dilema moral, eternamente bronceado, ignorado por sus padres. Un sueño. Todo giraba en torno a los amoríos, lo cual es una absoluta vergüenza, agravada por el hecho de que la única estudiante con media neurona —Andrea Zuckerman— era un bajón. Cómo disfrutamos aquella serie, con nuestros corazones aún sin abolladuras.
- En esos dominios dejados de la mano de Dios (Forocoches y similares) nació hace años una cruel denominación dedicada a la gente mainstream: la charca. El apelativo viene por la pequeñez, el estancamiento, la ranciedad. El cuñao sería el epítome charquista. También es charca usar gifs, discutir con desconocidos de política, el chuletón de vaca vieja, los Funko Pop, ponerse a Tyler Durden en el avatar, usar el don (contestarle un tuit a "don Pérez Reverte"), el argot generacional forzado (“hoy en LaSexta les explicaremos qué es PEC”), Cincuenta sombras de Grey, la gente marchosa, Meghan Markle. O Tu cara me suena, El Hormiguero, la oficina con olor a fiambrera, los restaurantes de aeropuerto, los ejecutivos de medio pelo, desayunar dulce, el turismo de Ryanair, pasar horas jugando al FIFA, celebrar con petardos. A mí me da un poco igual lo que le guste a uno si no daña a nadie, aunque admito que no pierdo la ocasión de cachondearme en privado un poco, sin maldad. Supongo que mis gustos también me vuelven ridícula y pretenciosa a ojos de otros.
- Dime cómo hablas —o dime qué te preocupa— y te diré si pasas demasiado tiempo online.
- Una cifra interesante de Coachella, ese festival californiano en el que ni una sola persona de entre las fotos del público parece inteligente. El 60% financia su entrada, que cuesta a partir de 499 dólares. Estamos ya en ese momento cutre del jolgorio a plazos. Yo sigo firme en mi convicción de renunciar a lo que no me pueda permitir a tocateja.
- No hay nada que indique más el “no tengo un duro” que seguir cada microtendencia. La religión de la fast fashion, el culto al estreno, el premio consumista.
- Los festivales musicales me han dejado de interesar, ya no tengo edad, pero hay un encuentro de artesanos de la gastronomía que está muy bien. Se llama All Those, lo hacen cada pocos meses y el próximo es el 26 y 27 de abril en el Moll de la Fusta barcelonés. Venden todo lo necesario para ser feliz: aceite, pan, café, queso, conservas, vino, verduras, embutidos, bizcocho, helado. Todo fiable, todo hecho con amor. Lo mejor es charlar con las personas de cada puesto y preguntarles mucho, están encantados de contar cómo trabajan. Es un orgullo dejarse el dinerito —las cuatro perras que tenemos— en proyectos que a cambio ofrecen la máxima calidad.
- No te conviertas en esa persona que en vez de dar la tabarra a sus amigos, como es preceptivo, pregunta dudas sentimentales a ChatGPT.
Marta D. Riezu es periodista especializada en comunicación de moda y ha publicado dos libros: Agua y jabón (Terranova, 2021) y La moda justa (Anagrama, 2021).