Querido Universo,
La semana que viene cumplo años. Y no, esta vez no me he hecho la revolución solar. No es que ya no me vayan los astros, porque yo tengo fe en los planetas cuando me conviene, pero es que el año pasado la astróloga me dijo que tenía que pasar mi cumple en Alburquerque, Nuevo México, para que mi energía estuviera en su punto exacto.
Y mira, universo, tú sabrás mucho de eclipses, pero yo tengo cuatro hijos, una agenda en llamas y presupuesto emocional ajustado. ¿Me vas a pagar tú el billete? ¿Me va a cuidar la astróloga a los niños mientras yo alineo mi aura en el desierto?
Llevo todo el año con la culpa cósmica de que todas mis liadas han sido por desobedecer las directrices del cielo. Supongo que a veces es más fácil cargarle la responsabilidad al planeta de turno que hacernos cargo de nuestras miserias.
Porque sí, duele llegar a los cuarenta y no saber si eres capaz de gestionar tu vida. Cuesta mucho afrontar que estoy agotada de tomar decisiones todo el rato, sobre lo divino y lo humano, mi vida y la cena, si compro garbanzos ecológicos o si debería convertirme en una mujer de alto valor, sea lo que sea que signifique eso. Y me da penita (y cierta ternura) descubrirme pidiéndole a alguien que decida por mí, aunque ello implique cruzarse el océano en busca de buenas energías.
Supongo que todas somos un poco 'Fleabag' en esa escena en la que se confiesa: “Solo quiero que alguien me diga cómo vivir mi vida, porque hasta ahora creo que lo he hecho todo mal".
Necesito que alguien me diga exactamente qué ver cuando llego agotada a la noche y no tengo ánimo para elegir entre las 800.000 películas y series disponibles. Que me dé instrucciones claras y precisas sobre qué hacer y a qué hora irme a la cama. Y me deje llorar si no puedo cumplirlo.
Porque la libertad es gloriosa, sí, pero agotadora. Lo veo en mis amigas y lo veo en mí: adultas, madres, autónomas… mujeres libres que se autogestionan hasta la extenuación. ¿Era este el alto valor al que debíamos aspirar?
Puede que si me hubiera ido a Alburquerque, ahora te estaría escribiendo sobre una esterilla de lino orgánico y nadando en billetes, manifestando mi vibración suprema. Pero lo cierto es que te escribo desde mi casa, rodeada de papeles, cuadros, y cosas por ordenar.
Como decía mi madre, si mi abuela tuviera ruedas, sería una bicicleta. Y yo, por mucho que Mercurio esté retrógrado, he de asumir que yo este año lo que quiero es quedarme aquí, libre de culpa cósmica, y aprender a escucharme.
Mandar a paseo creencias que me frenan más de lo que me liberan.
Hacer las paces con mis tiempos, que no son los del algoritmo.
Aceptar que los niveles de exigencia que tenemos son inalcanzables, pero estoy aprendiendo a medir mis fuerzas.
Y volver, poco a poco, a confiar en mí.
Creo que este nuevo año que me espera estará lleno de marrones, como siempre, pero también será espléndido. Yo misma voy a encargarme de que así sea.