• Este señor tan bien vestido de la foto es el pintor orientalista Jacques Majorelle, retratado en 1946 frente a los jardines de su villa, diseñada por el arquitecto Paul Sinoir. Con el divorcio de Majorelle y la venta de la casa todo quedó medio abandonado durante casi veinte años, hasta que en 1980 Yves Saint Laurent y Pierre Bergé (ojo clínico ambos) adquirieron el complejo. Más tarde crearon, para su protección, L’Association pour la Sauvegarde et le Rayonemment du Majorelle (me encanta lo de salvaguarda). Por no extenderme: Majorelle tuvo la visión y Bergé la elevó. Es un lugar absolutamente increíble, con ese azul cobalto que se clava en el corazón. Cactus, nenúfares, palmeras y buganvillas, una rave eterna de pájaros y, vaya por Dios, muchos visitantes —600.000 al año—. Es imposible medir el daño que ha hecho Instagram saturando (y llenando de zoquetes) lugares antes tranquilos.
  • «Echo de menos más azul. Si hablamos de África y verano, en esta colección falta azul». Adolfo Domínguez charla con su equipo. Anoche vi el documental El eco de otras voces, dirigido por su hija Adriana. Muy bello y emocionante. La visita a su pueblo natal (Trives), los abrazos con los vecinos, las vacas, las casas antiguas. La playa, el orgullo de la fábrica, la familia. El incendio de 1991, terrible, que casi acaba con todo. Y el momento crucial en que recuerda a su padre. Hemos visto la historia de un trabajador que se ha sobrepuesto a todo, duro consigo mismo y exigente con los otros, infatigable. Sin embargo, asoma el recuerdo íntimo y se tapa la cara, se quiebra, le duele físicamente. Lo que confirma mi intuición: no prescribe nunca. La pena va y viene, pero está. Negarlo es engañarse.
  • Siesta a traición a media mañana. Vida desordenada de autónomo, parecida a la vida de soltero. Me duermo en la cama hecha y me quedo frita torcida contra la colcha de mi abuela. Me despierto groggy y con la cara marcada de crochet (si me ve Pat MaGrath lo registra para el próximo desfile de Alaïa).
  • Ese verso de Luis Cernuda: «Creo en mí porque algún día seré todas las cosas que amo».
  • Se va acercando el 23 de abril, jornada desoladora de aquellos que creen que los libros solo se compran un día al año.
  • La edad como muro de la vergüenza. ¡Alto ahí! ¿Tienes cincuenta? Ni se te ocurra vestir o hacer esto o lo otro. ¿Has cumplido los setenta? Por favor, no te pongas en evidencia en público. A la sociedad le inquietan los mayores, así que los segrega. Incluso los propios ancianos se separan mentalmente de esa franja (cuando oyes decir a alguien ya muy mayorcito: «Llegamos al hotel y estaba lleno de viejos»). La dimensión social de la edad impregna cada uno de nuestros actos. Con el aniversario de la pandemia y la profunda vergüenza moral de cómo se trató a los ancianos en las residencias pido en la biblioteca “El nacimiento de la vejez”, de Claude Olievenstein. El psiquiatra francés define envejecer como esa incomodidad tramposa que se introduce silenciosamente en la vida.
  • Y, sin embargo: el australiano James Harrison murió con 88 años la semana pasada, y su sangre —rica en un anticuerpo raro y valioso— ha salvado a dos millones de bebés, incluido su propio nieto. Cuando era adolescente James necesitó una transfusión de trece litros, y la experiencia le marcó para siempre. Hizo 1.172 donaciones durante seis décadas, hasta que llegó al límite de edad permitido. Un hombre anónimo, feliz por haber encontrado el sentido a su vida.
  • Leo a los autores en el orden que sugirió Josep Pla: primero siempre Tolstoi y Proust, luego Stendhal, Flaubert y al final Balzac, «creador de autómatas al agua de rosas».
Lettermark

Marta D. Riezu es periodista especializada en comunicación de moda y ha publicado dos libros: Agua y jabón (Terranova, 2021) y La moda justa (Anagrama, 2021).