Querido Universo,
Se habla mucho del desamor y de tu ex y… en fin, ya sabes. Hay libros, películas y vidas enteras sobre corazones rotos. Pero, ¿qué pasa cuando es tu hijo el que te rompe el corazón? ¿Dónde están los poemas a los que aferrarme? ¿Dónde las canciones que me recompongan un poco, que hagan que no me sienta tan mal?
Cada mañana, mi hijo pequeño se mete en mi cama y me dice que me quiere tanto que volaría hasta las estrellas. El mayor cumplirá trece dentro de unos meses y ya no sé cuándo me acostumbré a que me mire con cara de culo.
Hay poca poesía en la cara de culo, y yo me pregunto dónde queda la lírica de lo cotidiano con un preadolescente que te recuerda cada día que todo mal:
- Mamá, bro, es que me das vergüenza.
- Madre mía, bro, es que no me entiendes.
- Bro tío es que NO ES JUSTO.
¿Mamá o bro, en qué quedamos? Que venga la justicia y me devuelva al niño que parí antes de los treinta. Este no sé de dónde ha salido.
Vuelvo de Madrid en tren y aprovecho para ponerme al día con la aplicación del colegio: veinte incidencias sin abrir. Empezamos bien.
“Está todo el rato silbando y cantando, dificulta el transcurso normal de la clase”.
Me recuerdo a mí misma con doce años viviendo en mi mundo, imaginando que mis pies eran las baquetas de una batería y haciendo ruidos raros con la boca que yo juraba que sonaban a guitarra. Me pasaba las horas componiendo canciones imaginarias. Mis profesores me miraban igual que ahora me miran los suyos.
A la Lucía de entonces le diría que todo está bien, que siga cantando, que un día se atreverá a coger todas esas canciones y hacer algo grande con ellas.
A mi hijo de doce años, ¿qué le digo?
Miro mis notas de móvil, ese lugar donde encuentro las respuestas que yo misma he escrito, y me encuentro con esto que escribí sobre un tipo que me hizo un ghosting de manual: “Si no sabes cómo decírselo, cántaselo”.
Aquello que me hizo sufrir tanto, me da risa ahora. ¡Esto sí que es un mal de amores y no aquello!
Así que cojo la guitarra y me pongo a escribir:
Creo que soy la peor madre del mundo mundial
Pero también has de saber que no me han dado un manual
Y no sé cómo hacerlo
Cuando eras pequeño, el mundo era nuestro
Y ahora no lo entiendo
Algo habrá que hacer, algo habrá que hacer…
Si te quiero tanto que te volvería a hacer…
… Mientras busco acordes y pienso en el estribillo, me acuerdo de que cuando cumplí los doce años, también se me puso cara de culo. ¿Será hereditario, Universo? Estaba cabreada con mis padres porque no sabían lo que era tener mi edad y no sabía cómo contárselo, porque ni yo misma lo entendía.
Vuelvo a mis notas del móvil: habla a tu niña de doce años a través de él, dile lo que necesitabas entonces.
Quizás, al final, todos seguimos buscando esa canción que nos lo explique todo, o al menos, que nos abrace cuando parece que todo se rompe.