Lo suyo podría parecer cosa del destino. Poeta, ensayista, catedrático de literatura española y director del Instituto Cervantes desde 2018, Luis García Montero (Granada, 1958) nació en la misma ciudad que Federico García Lorca, fue alumno y amigo de Rafael Alberti, comparte pandilla con Benjamín Prado, Joaquín Sabina y Miguel Ríos, y se enamoró perdidamente de Almudena Grandes –superando todos los obstáculos para estar juntos y formando un matrimonio feliz hasta que la novelista falleció en 2021–. Así que lo de que entregara su vida en cuerpo y alma a la cultura parecía que estaba escrito. «La cultura es el aire que respiramos», afirma el autor de títulos imprescindibles como Habitaciones separadas, Completamente viernes y la Intimidad de la serpiente, radiografías exquisitas de nuestros sentimientos y pensamientos frecuentes y de la realidad más cotidiana.
Admirador y defensor de la figura de la mujer en la literatura, reconoce que «gran parte de lo más significativo que se escribe en nuestro idioma está protagonizada por mujeres. Ha habido una transformación, pero hay que ser precavido, porque el machismo se puede esconder en cualquier lado. Me preocupa que estoy leyendo algunos discursos de gente muy joven reivindicando los valores de la virilidad. Miro las estadísticas y muestran que existe un número muy alto de actos de violencia de género cometidos por hombres de veintipocos años. Y todo eso es muy peligroso, porque se puede perder lo que ya habíamos logrado con tanto esfuerzo».
¿Están los derechos de la mujer en peligro?
La extensión de la extrema derecha, o del populismo autoritario, en el mundo tiene que ver con eso. Una porción del voto reaccionario que se ha despertado en EE. UU. procede de los que entienden que existe una opresión de las mujeres sobre los hombres. El concepto de feminismo, que lucha por la igualdad y justicia en el trato de las personas, lo envenenan y lo convierten en el término horrible de feminazi.
¿Cómo se puede frenar este movimiento en auge?
Con la educación y la cultura. Debemos reivindicar el conocimiento y la pedagogía. La cultura sirve para informar, generar conciencia y comprender las cosas por dentro. En una guerra, por ejemplo, muchas veces se nos resume todo en el número de víctimas, pero la literatura te hace entrar en la vida de cada una de ellas, en sus heridas y miedos, en saber lo que significa la pérdida y la ausencia. Eso te hace comprender qué parte de la vida se pone en juego en un conflicto. Hay que defender una cultura educativa porque, en esta era de la desinformación en la que estamos, cada vez se está deslizando más un concepto de cultura basado en el entretenimiento, en el ocio superficial, que no nos haga pensar.
¿Crees que la cultura se encuentra politizada?
Esta no se puede confundir con un panfleto o una militancia partidista, pero sí tiene un compromiso con la realidad de una sociedad y con sus valores. Yo empecé en la poesía porque descubrí en casa de mis padres la obra de Federico García Lorca, un poeta de mi ciudad que había sido asesinado por un golpe de Estado. Entré en una universidad que reivindicaba su memoria. De hecho, el año que ingresé, se hizo el primer homenaje público a su figura, 40 años después de su muerte. Se hablaba de Rafael Alberti, que acababa de regresar a España del exilio, de Antonio Machado... Y, por eso, la poesía para mí es inseparable de un sentimiento de democracia, que no es votar cada cuatro años, sino vivir en un país en el que a la hora de decir «te quiero» estaba defendiendo cosas muy distintas a las que habían marcado la educación sentimental española durante la dictadura.
¿Qué significa para ti pronunciar esas palabras?
Somos individuos que nos formamos en un nosotros, y en el amor no se puede cancelar el yo, pero este no puede vivir sin el nosotros. Cuando construyes un yo, no es porque quieras estar solo, lo haces para mirar desde tu conciencia al otro, generando un espacio de convivencia, comunión y en el que el cuidado sea muy importante. Cuando murió Almudena, regresaron muchos poemas que tenían que ver con el amor y la muerte y con esa necesidad de cuidar y ser cuidados.
De hecho, la cuidaste hasta el final y lo cuentas en Un año y tres meses. ¿Fue la poesía tu tabla de salvación?
Con su pérdida, sentí un vacío tremendo y sí, acudí a lo que ha definido desde la adolescencia mi relación con el mundo, que es la poesía. Me ayudó mucho recordar lo que había escrito el Arcipreste de Hita con la muerte de la Trotaconventos, Jorge Manrique con la de su padre, Federico García Lorca con la de Ignacio Sánchez Mejías o Rosalía de Castro. Cómo la poesía se había enfrentado a la muerte y cómo nos recuerda que somos seres vulnerables y estamos en contacto con el paso del tiempo a diario. Almudena y yo no tuvimos suerte, porque hay muchas personas que vencen el cáncer, no es una maldición cainita, pero si no eres de los afortunados, aprendes que hay otro tipo de suerte. La mía fue, en medio de una pandemia, en la que hubo tanta gente que falleció sola, haber podido cuidar a la persona que amaba hasta que se murió en mis brazos. Fue la fortuna que culminó esa historia de amor que empezaba por preguntarse «qué digo cuando digo te quiero». Así que tomas distancia y piensas: «Qué suerte haber podido compartir 30 años con una mujer a la que quería y admiraba, porque hay mucha gente que se muere con 100 años, muy sana, y no ha conocido el amor».
¿Cómo es ahora tu vida sin ella?
Hay una canción de Serrat, que él se la dedica a Lucía y yo a mí, que dice: «Si yo después de amar amé, ha sido por tu amor». Y muchas de mis ideas sobre la vida tienen que ver con eso. El vacío te asalta diariamente, claro. Viajas, llegas al hotel, te descuidas y vas a telefonear a casa para decir que has llegado bien. Y de pronto, uno dice: «Si no tengo a quien llamar». Están los hijos, pero, por muy buena que sea la relación, no es igual que la de una pareja; así que, debes aprender a vivir en un nosotros que ya no tiene el núcleo duro de compañía. Y, con el tiempo, existen la memoria y los recuerdos, y te abren puertas para ilusionarte en el futuro.
¿Qué es lo que te produce ahora entusiasmo?
Publiqué mi último libro de poemas en 2022 y, a principios de 2025, acabé uno nuevo. Al releerlo, vi que era muy obsesivo, que volvía a los temas que me han marcado en los últimos años. Lo imprimí, lo metí en un cajón y me prometí que hasta 2026 no lo leeré de nuevo, para poder trabajar en frío. Hay que saber darse tiempo y guardar las cosas. Así que estoy muy centrado en proyectos del Instituto Cervantes, con la RAE, la celebración en Arequipa (Perú) del Congreso Internacional de la Lengua Española, poner en marcha el Centro Cervantes en Seúl y una extensión en Miami, porque con la nueva situación estadounidense, queremos hacer muy presente el español allí.
¿La llegada de Trump al poder lo pone en peligro?
Estados Unidos es el segundo país con más hablantes en español, por detrás de México, y este presidente ha sido muy enemigo de nuestro idioma, queriendo hacer de él una lengua de pobres. Nada más lejos de la realidad. Si se reunieran allí todos los que tienen el español como lengua materna, configurarían la séptima economía del planeta. La consigna de decirle a los niños, hijos de emigrantes, que si quieren triunfar se olviden de la lengua de sus padres, resulta falsa. Así que tenemos que ser conscientes de que existen personas como Trump, que intentan borrar la herencia hispana con bulos, y dedicarnos a desmentirlos con la verdad.
¿Qué papel debe ocupar la cultura en esta situación?
La cultura contemporánea tiene mucho que ver con las redes sociales, y ahí se están deteriorando los valores democráticos, generando fácilmente discursos de odio. Necesitamos volver a pensar en los Derechos Humanos y usarlos como guía.
*‘Grooming’: José Luis Zafra.