Suelo impartir pocas clases en la universidad. Me sigue produciendo extrañeza dar consejos a la hora de escribir, ya sea relatos o novela. Porque ¿cómo se enseña a escribir? ¿Es posible aprender de la experiencia ajena? ¿Puede la imaginación cultivarse? Tengo mis dudas. Con el paso de los años, a la hora de afrontar las clases de escritura creativa sólo he logrado sentirme cómoda abordando un tema: la importancia de los principios, así que he terminado convirtiéndome en una cazadora de inicios fulgurantes que me gusta compartir con los alumnos. «Las primeras oraciones son puertas que abren mundos enteros», dice Ursula K. Le Guin en 'La hija de la pescadora'. Y esas puertas son parecidas a un golpe, a un destello. Los comienzos –de un relato, de una novela, incluso de un artículo– deben conjugar un deseo y es ese deseo el que mantiene al lector bien amarrado.
Algunas de esas primeras frases son harto conocidas. La de 'El extranjero', de Albert Camus: «Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer». La de 'Matadero cinco', de Kurt Vonnegut: «Todo esto sucedió, más o menos». La de 'Moby Dick', de Herman Melville: «Llamadme Ishmael». Pero nadie, que yo sepa, ha logrado dar con los componentes precisos de un inicio extraordinario. Es, simplemente, un misterio. En 'Cuando fuiste mía', una columna de Juan José Millás de 2013, texto al que a menudo regreso para avanzar en todo este asunto de los principios, el escritor cuenta una anécdota fantástica. Es media tarde y el autor, amodorrado en el sofá, lee un libro de poemas de Anne Sexton, aunque su cabeza se encuentra en otro lado. Que si la compra, que si mañana toca ITV, que si el dentista. Va avanzando en el poema y, de repente, un verso lo deja noqueado: «Cuando fuiste mía llevabas un audífono». Asombrado, se pregunta si lo ha leído bien. Lo relee y sí, en efecto, ese es el verso. En mis clases, siempre traigo a colación esta columna. «Cuando fuiste mía» podría ser una frase de telenovela, la hemos escuchado cientos de veces. No nos sorprende. Sin embargo, su continuación, «llevabas un audífono» rompe el culebrón, rompe la previsibilidad. Por eso, este podría ser un magnífico inicio.
No nos enseñan a empezar. Y no solamente a la hora de escribir. Decía Isak Dinesen que ella escribía un poco todos los días «sin esperanza ni desesperación ». Y Ezra Pound que «el esmero es la única convicción moral del escritor». Ambas citas aplican también para aquello que no es escritura, para la vida, así que cuando llega enero, con su interminable lista de propósitos y de extravagantes expectativas con respecto al nuevo año, vuelvo a mis clases y a reconocer que no sé si puedo enseñar a escribir un buen inicio a ninguno de mis alumnos. Por eso, siempre me digo que este sí que definitivamente es el último año que doy clases. Huelga decir que todos los años regreso, en especial ahora que al fin dispongo de algo nuevo que contar. Algo importante. Hace unos días paseaba por el barrio de Vallecas y descubrí que ahí se encuentra el nombre de calle más bonito de todo Madrid. Se llama Volver a empezar y es un homenaje a la oscarizada película de José Luis Garci. Todo lo que sé, de la escritura y de los años, es eso: que cuando hay suerte toca volver a empezar. Y que es necesario agarrarse con fuerza a los principios. De ellos depende, a menudo, un buen final.