Yo soy bastante imbécil cuando conozco a alguien a quien admiro. No me sé comportar. Quiero impresionar a esa persona, hacerle sentir bien, saberlo todo, quiero hacerle muchas preguntas, trucos de magia, raíces cuadradas, calcularle hipotenusas. Lo que sea. Quiero caerle bien. Superbien, en realidad. Pero yo no sé ser majísima porque soy navarra y eso imprime cierta sombra y reserva. El ser majísimo llega años después de conocerse, no a las bravas en una conversación de un par de horas. Así que me vuelvo imbécil. Ansiedad social desbordada. Hablo de más y, a la vez, de menos. Me pasó con el poeta Luis García Montero. En la cena de ELLE For Hope acabé sentada a su lado. He disfrutado mucho su poesía y, además, en mi familia, Almudena Grandes es una institución. Y digo es porque lo sigue siendo en las estanterías de casa de mi madre y en nuestros recuerdos como lectoras. Luis recitó durante la ceremonia un poema sobre su mujer y lo que había supuesto el cáncer en sus vidas:

«Mirar con otros ojos las tallas de las camisetas.
Escuchar con oídos diferentes los rumores del baño.
Soportar las llamadas ajenas, los avisos,
por no dejar el móvil en silencio.
Vivir el suelo.
Vigilar un orden que evite las caídas y los sustos.
Pensar en la comida sin ganas de comer.
Masticar la palabra ‘nutrición’.
El miedo a la diarrea.
Los horizontes de la hemoglobina.
La ropa sucia deja de oler mal
porque ya se ha mezclado con todo lo que somos y sentimos.
Son cosas de la vida.
Suburbios del presente.
Domicilios de amor que se habitan lo mismo que un recuerdo.
Y nada quise más que tus cuidados».

Yo, en aquella mesa, quería agradecerle todos los poemas que me ha regalado a lo largo de mi vida. No soy una lectora constante de poesía. La leo a ráfagas en libros que desperdigo por mi casa, pero siempre tengo la sensación de que la poesía me encuentra. Que cuando atravieso algo, cuando ando perdida, anestesiada o desbocada, si me permito abrir un libro, siempre hay un poema que habla de mí. A Luis, le hice muchas preguntas absurdas, e intenté ser majísima. Pero eso era imposible porque encima tenía a mi otro lado a Eva González, que es sevillana, y eso sí que es ser majísima. Igual va siendo hora de aprenderme la fórmula de la hipotenusa.