ROBERTA METSOLA. Presidenta del Parlamento Europeo
«La Unión Europea es un proyecto de paz. Esa es la razón de ser de nuestra comunidad de países: no volver a sufrir la guerra ni los conflictos entre vecinos. La paz es el valor supremo de nuestra sociedad, pero tiene que ser una paz real. Una paz con libertad, con justicia y con dignidad. Porque sin todo ello no puede haber democracia, ni seguridad, ni prosperidad, ni esperanza ni oportunidades. Por eso la UE nunca dejará de trabajar intensamente para promover la paz, defender el orden mundial basado en normas y proteger siempre, siempre, nuestros valores. Incluso en estos tiempos difíciles, debemos resistir. Tenemos que resistir. Aguantar para construir y defender la paz. No podemos olvidar lo que somos y lo que queremos.
Para nosotros mismos, para nuestros hijos y para Europa.
Esto es lo que deseo para todos los europeos y también para todos los lectores de ELLE España: un 2024 de paz, libertad y dignidad.».
HENRIQUE CYMERMAN. Periodista, escritor ycorresponsal en Oriente Medio
«Debemos unir a la gente de bien para intentar traer más paz. Yo no digo LA paz, porque hay zonas del mundo en que es muy difícil traer una paz total y absoluta... La paz y la guerra no son algo dicotómico: en medio del blanco y del negro hay una serie de tonos grises.
Así que lo que tenemos que hacer es alejarnos lo más posible de la guerra y de la violencia e intentar llevar a las próximas generaciones lo más cerca posible que podamos de la paz».
PADRE ÁNGEL. Fundador y presidente de la Fundación Mensajeros por la Paz
«La Navidad es siempre una época preciosa. Quiero compartir un mensaje de paz y amor: en medio de un mundo en el que hay inocentes sufriendo y muriendo, que nuestros corazones se llenen de compasión y solidaridad. La paz es un regalo que todos merecemos, y juntos, podemos construir un mundo mejor».
JEAN- CHARLES DE CASTEBAJAC. Creador
«En un cielo azul claro y puro, lleno de luz, el tumulto golpea a los inocentes, los tiempos de paz parecen tan lejanos como las orillas de Utopía. La armonía es nuestro deber para con todos; la paz, nuestra salvación universal».
Bajen las armas, por Patricia de Benito
Mi abuela murió hace unos días. Entre todos esos procesos por los que pasamos cuando alguien se va, está el irremediable momento en el que tu mente decide a qué recuerdos te quiere llevar. Como en el Pensadero de Harry Potter, vuelves a la escena a la que tu cuerpo necesita volver, ya sea por lo importante que fue, o porque necesitas afianzarla, coserla a tus órganos vitales para no perderla nunca. Es una especie de escudo protector —porque quién va a poder contigo con todos esos momentos vividos— y también es un regalo: nuestra forma de honrar a los muertos, nuestra manera de que sigan aquí.
En mi caso, sentada junto a la cama de mi abuela los últimos días, en la misma habitación en la que ella cosía vestidos imponentes para otras mujeres, yo volvía a mi infancia de una forma tan definida que casi me asusta. Veía mis manitas recolectando cada una de las lentejuelas que decoraban siempre el suelo. Las introducía en un hilo creando una especie de serpiente, mientras mi abuela y mi tata, su hermana, hablaban de patrones, de telas, de tiempos de entrega y de cuántos éramos ese día para comer.
De todas esas cosas con las que me quedo de cuando era una niña, la más importante y la que más me ha marcado ha sido, sin duda, esa sensación de estar a salvo, ese sentirme querida y protegida en aquella habitación pequeña.
No puedo evitar pensar que hay otras infancias que no son así y me atormenta saber que gran parte de ellas no van a lograr nunca sentir esa calma.
Me cuesta creer que habrá paz cuando miro hacia los lados, cuando trato de vislumbrar lo que nos espera delante. No es que no crea en ella, es que no me dejan creer, a pesar de que estoy convencida de que es la única forma de vida; lo demás son solo migajas de lo que podemos ser.
Conformarse con un mundo horrible, repleto de gente que cree que es más importante un bolsillo lleno que una vida, no puede seguir siendo lo correcto. Esa ausencia de humanidad se te clava en el corazón cuando observas las imágenes de gente muriendo y sufriendo, cuando lees opiniones de gente jaleando lo que no debería pasar ni en nuestra imaginación. Entonces me enfado con ellos por arrebatarme los sueños y conmigo por dejar que lo hagan.
Si en este momento tuviera que ponerme a dibujar como en el colegio una escena cualquiera, estoy segura de que no sería un arcoíris con su sol y su pájaro y su río azul precioso atravesando un paisaje verde. Sé que gastaría mi cera negra Manley y eso me enerva. Me niego a visualizar el mundo entre tinieblas, me niego a dejar que esos desequilibrados ganen. Quiero seguir creyendo que hay otra forma de transitar por este mundo precioso que habitamos, otra manera de relacionarnos en este lugar repleto de gente diferente y maravillosa.
Quiero proteger la vida, este planeta y a sus seres; no con los dientes sino con amor, con empatía, con contagio, cuidando a quienes tenemos al lado, escuchando, trabajando el corazón, desconchando esa bola egoísta que nos han instalado y que se va comiendo todo como una enfermedad terminal. Si dejamos que nos invada su ira, estaremos muertos aunque sigamos aquí.
Bajen las armas, señores, no queremos sus guerras.