Quizá porque la mitad de mi sangre procede de las orillas del Guadalquivir, adoro Andalucía. Mis padres se conocieron en Córdoba y se casaron en Málaga; entre estas dos ciudades pasé gran parte de las navidades, las semanas santas y los veranos de mi niñez y adolescencia. Y el resto de sus esquinas tardaron poco en sumarse.

Me gusta acercarme a sus pueblos, cruzando el mapa de punta a punta: de Ronda a Mojácar, de Utrera a Baeza, de Rodalquilar a Carmona o a Vejer de la Frontera. Me gusta pasear por la calle Larga de Jerez y la calle Ancha de Cádiz, por calle Larios en Málaga, por el sevillano barrio de Santa Cruz, la judería cordobesa y la preciosa Carrera del Darro en Granada.

Me sube la moral esa forma de hablar de su gente, su gracia y su luz, sus mercados y todo lo que allí se bebe: el palo cortado, la manzanilla o el fino de Montilla que tomaba mi abuelo Manolo Vinuesa en el aperitivo. Me rechiflan las gambas de Huelva, el pescaíto al que nos invita mi tía Estrella cuando nos juntamos los primos en la playa de Los Álamos. Me gustan las ortiguillas, las papas aliñás, el ajoblanco y el atún de almadraba. Adoptaría feliz un régimen a base de tomates de Los Palacios o los RAF almerienses con aceite OVE de Canena o de Baena, y con jamón de Los Pedroches, de Trevelez o de Jabugo. Y reto a cualquiera a superar mi salmorejo, incluso mi gazpacho.

Me encanta que mis hijos tengan amigos del alma andaluces, algún amor incluso. Tengo muchas ganas de volver a recorrer con Luis la Mezquita cordobesa, con Charo cerca y Elisa siempre en el recuerdo. Cenar en verano con los Fatou, en el restaurante Antonio de Zahara. Bañarme con Ana en la playa de los Genoveses, en el Cabo de Gata. Contemplar con las Cármenes la Giralda iluminada desde la terraza del hotel Inglaterra. Comer en la terraza de Barbiana con Paco y Moncho, como hice hace apenas unos días.

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Me fascina su patrimonio soberbio, de la Alhambra al Archivo de Indias, los baluartes de Cádiz o los palacios renacentistas de Úbeda. Aplaudo que esta tierra vele activamente por la cultura, tal como hacen el Centro Andaluz de las Letras, la extensa Red de Bibliotecas Públicas o entidades privadas admirables como la Fundación Lara. Me pierdo en sus librerías, como Picasso, Luque o Proteo, que acaba de resurgir del fuego. Me fascina el flamenco y la copla. Y habría dado media vida para que Julio Romero de Torres me hubiese hecho un retrato cual chiquita piconera.

En mis novelas hablo de bodegueros jerezanos, visitas al Sacromonte y emigrantes a las Américas procedentes de Málaga y Almería. Incluso he situado una audio-serie un tanto disparatada en la ciudad de Marbella, donde por cierto no me importaría nada retirarme llegado el momento.

Volviendo la mirada al ayer, Andalucía me recuerda a todos los que ya se han ido. A mi madre, que jamás sintió pereza para preparar maletas, amontonar a ocho niños en el coche y atravesar Sierra Morena a fin de trasladarnos junto a los suyos por unos días. A mi padre, que era otro enamorado del sur y los sábados por la mañana nos sacaba a pasear en coche de caballos. A mis abuelos, que nos llevaban a tomar calamares a la Sociedad de Plateros después de la misa mañanera del domingo. A Juana, que era de Alhama de Granada y fue un puntal único en aquella familia.

Gracias a ellos soy hoy quien soy, y por eso llevo Andalucía en el corazón. Siempre.


Headshot of María Dueñas
La escritora María Dueñas Vinuesa (Puertollano, Ciudad Real, 1964) es profesora de Lengua y Literatura Inglesa en la Universidad de Murcia. También colabora desde hace años con diversas universidades de Norteamérica. Se dio a conocer en 2009 con el enorme éxito de su primera novela, ‘El tiempo entre costuras’, una novela de espionaje histórico de la que se han vendido más de un millón de ejemplares y ha sido traducida a más de 25 idiomas. Después consolidó su posición como una de las principales autoras españolas con otros libros como ‘Misión olvido’, ‘La templanza’, ‘Las hijas del capitán’ o ‘Sira’.