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La mejor prueba de lo muchísimo que le gusta a la gente odiar es que tras la cantidad de críticas que ha recibido Meghan Markle con motivo del estreno de Con amor, Meghan, el programa, que como reza la nota de prensa de Netflix “reinventa el género de los programas de estilo de vida, al combinar consejos prácticos y conversaciones enriquecedoras con nuevas y viejas amistades”, acaba de confirmar su segunda temporada. Al parecer, a quienes aseguran que cada episodio es una llamada a los bostezos no les molesta tanto aburrirse si a cambio tiene algo que poder criticar.
“Vi el nuevo programa de Meghan Markle en Netflix y ahora necesito una lobotomía”, titula The Daily Beast en un-nada-sutil artículo de opinión. En The Standard, Tanya Gold tampoco fue en absoluto delicada.“En vez de enfadarse abiertamente, Meghan se muestra pasivo-agresiva, y por eso nos enseña su estilo de vida como venganza. Es una pena que tenga que hacerse pasar por una esposa tradicional en la cocina de otra persona para hacerlo. Obviamente, hoy en día tiene demasiado miedo de actuar en el cine y en cambio, interpreta a una princesa estadounidense al otro lado del mar. En Gran Bretaña la odian por eso”, dice la periodista.
“Sé que el programa es tonto y triste: está repleto de escenas de mujeres muy delgadas comiendo y elogiándose unas a otras, como si fuera un grupo de apoyo. Pero también sé que Meghan no será juzgada por sus méritos, que son, en esencia, ser guapa. Es más: hace un arco de globos para una fiesta de cumpleaños infantil a la que no asisten niños. Meghan es tonta (no confío en ninguna feminista con una manta de Hermès), pero no más que cualquier otra actriz californiana con un marido rico que cree que el arte del estilo de vida puede ser un sustituto de la cultura real. Pero nunca tuvo una oportunidad de ser aceptada. Yo, que crecí en la tierra de los tabloides británicos, sé que las expectativas de la prensa no pueden ser satisfechas por "Meghan de Montecito", que se escapó e intentó decir su verdad. Ese es su pecado original: la verdad. Es una pena que se haya rebajado a hacer un programa de cocina”, dice. Auch.
Antes del estreno del show, ya había infinidad de artículos acerca de cómo Meghan había dado un auténtico giro tradwife a su propia vida. Lo delicado de estos comentarios es que pudiera parecer que quien disfruta cocinando está haciendo gala de cierta servidumbre doméstica precisamente en un momento en el que muchos quieren enfrentar el feminismo a la cocina. “Y tú, ¿eres feminista o sabes cocinar?”, pregunta Estela Ortiz en un vídeo de la editorial Anagrama en el que habla del rebranding del patriarcado bajo el prisma de la nostalgia. Otro detalle delicado es que muchos acusan a Markle de estar emulando a Emma Thynn, marquesa de Bath, como si solo hubiera un lugar para una mujer negra que disfruta cocinando en la televisión.
Es cierto que cuando salieron programas de cocina de celebridades como el Paris Hilton, el movimiento de las tradwives no tenía la fuerza que sí tiene en la actualidad, pero a ella parece no permitírsele haber tomado el papel de la ama de casa perfecta que hace de la cocina su centro de operaciones. “La representación ya es muy escasa y ahora, cuando sale un programa que tiene el potencial de destacar la importancia de la comida, la cultura y la narración, está siendo destrozado sin que le hayan dado una oportunidad”, dice el chef Adrian Lipscombe en Threads.
Racismo, esnobismo y machismo: la tríada contra Meghan
Muchos señalan que Meghan está siendo víctima del denominado misogynoir, un término acuñado en 2008 por Moya Bailey, autora de Misogynoir Transformed: Black Women’s Digital Resistance (NYU Press, 2021) y la escritora, artista y crítica social Trudy. El concepto alude a “la combinación específica de representación anti-negra y la misógina en la cultura visual y los espacios digitales que dan forma a ideas más amplias sobre las mujeres negras”.
“Hay que sentir lástima por cualquier mujer que se case con alguien de esa familia”, dice la feminista Suzanne Moore. “El odio hacia ella es desproporcionado en relación con todo lo que ha hecho, así que no puedo evitar ver cierto grado de racismo y esnobismo a la antigua usanza. El día que supe que la habían engañado fue cuando se puso unas medias de color nude. Se suponía que ella representaba la ‘diversidad’, pero cualquier signo real de ello se consideraba de alguna manera arrogante y manipulador”, se lamenta.
“Con amor, Meghan es un referéndum sobre el lugar de Markle en el imaginario público. Y esa es una carga que ni la aparición de famosas ni ninguna tostada de aguacate ingeniosamente diseñada podrán superar jamás”, asegura en Salon Ashlie D. Stevens, que al comenzar el año denunciaba la forma en la que el show de Meghan ya era el foco del odio sin haber sido siquiera estrenado.
Porque la gente estaba preparada para odiar a quien amó cuando se convirtió en la mayor pesadilla de la Casa Real británica. Su alma Goop, construida a través de su pasión por los viajes y la comida, intereses que plasmó en su blog, The Tig, encantaba a quienes aplaudían que alguien de palacio hubiera permitido al mundo tener una ventana de acceso a su celosa privacidad. Bien sabemos que el blog tuvo que echar el cierre precisamente por lo poco que a la monarquía le gustan esas ventanas, pero su regreso al universo del lifestyle no ha gustado tanto. Ha sido mediante su marca, As Ever (que antes se llamaba American Riviera Orchard), cuyo primer lanzamiento ha sido una línea de mermeladas frutales, la forma en la que la duquesa de Sussex ha vuelto a intentar acercarse a los hogares de la gente, aunque esta vez, tenga que pagar para tener la mermelada que ella tiene en su cocina.
En Con Amor, Meghan, la duquesa de Sussex emplea las flores comestibles de su marca en algunas de sus recetas, pues si alguien consigue un buen contrato con Netflix, resulta absurdo no aprovecharse también de esa plataforma de marketing para promocionar sus productos. La gente se ha echado las manos a la cabeza, pues al parecer, le parecía más lógico que una mujer que lleva años anunciando su amor por la cocina lanzara una marca de… ¿Calcetines? ¿Juguetes sexuales? ¿Maquillaje?
La gente disfrutaba al ver cómo alguien vapuleado por el poder intentaba encontrar su lugar, pero cuando por fin lo ha hecho, ha sido “mujereada”, es decir, elevada a lo más alto para después, ser pisoteada. Al parecer, haga lo que haga, Meghan va a ser criticada y por ello, en lugar de decirle a la gente que "coma pasteles", le vende mermelada para adornarlos.
Aunque Meghan Markle ha confesado que las oleadas de odio recibidas despertaron en ellas ideas suicidas en el pasado, tras ocho años en el ojo del huracán, no cabe duda de que aunque cualquier cosa que haga alimenta a sus haters más que cualquiera de los platos que prepara, ella es la que está disfrutando de un rosado mientras picotea algo con alguna celebridad que la adora en un entorno privilegiado con el que el resto tan solo podemos soñar o como máximo, acceder poniendo Netflix.
Porque habrá quien piense que el odio ha ganado, pero su serie es la que va a tener una segunda temporada. Su papel como diosa doméstica molesta y aburre a muchos, pero prefieren poder seguir teniendo contenido nuevo para criticar, por lo que al final, el odio se convierte en un páradojico aliado de Markle. Sin embargo, como dice Gold, no es solo su empeño en contar verdades lo que ha ido en su contra, sino el hecho de que lo que tantos esperan de la monarquía es un cuento de hadas con final feliz, y si el final feliz de este relato supone huir del palacio, entonces esta historia moderna no sirve a quienes encuentran en la tradición su particular aliada escapista.
Meghan ofrece la irritante perfección, domesticidad y familiaridad que tantas influencers muestran en sus redes, pero comenzó prometiéndonos un cuento de hadas. Por más que creamos haber superado la mentalidad Disney, el odio que despierta demuestra que esta forma de ver la vida sigue muy presente, aunque lo endulcemos con mermelada.
Marita Alonso es experta en cultura pop y estilo de vida. Escribe acerca de fenómenos culturales desde una mirada feminista en la que la reflexión está siempre presente. No tiene miedo de darle una pincelada de humor a las tendencias que nos rodean e intenta que el lector ría y reflexione a partes iguales. Cuando escribe sobre relaciones, su objetivo es que la toxicidad desaparezca y que las parejas sean tan saludables como las recetas que intenta cocinar... Con dramáticos resultados, claro. Los fogones no son lo suyo.
Ha publicado dos libros ("Antimanual de autodestrucción amorosa" y "Si echas de menos el principio, vuelve a empezar") y colabora en diversos medios y programas de radio y televisión luchando por ver las cosas siempre de una manera diferente. Cree que la normalidad está sobrevalorada y por eso no teme buscar reacciones de sorpresa/shock mediante sus textos y/o declaraciones.
Licenciada en Comunicación Audiovisual por la Universidad Complutense, imparte master classes de cultura pop, estilo de vida y moda en diversas universidades. En Cosmopolitan, analiza tendencias, noticias y fenómenos desde un prisma empoderador.