Todo empezó como un hobby. «Mi abuelo era coleccionista de arte y mi madre, una gran aficionada a la decoración. Creo que, influida por ellos, empecé de manera inconsciente a buscar muebles y objetos en mercadillos por pura diversión, para mi casa y las de mis amigas», explica la diseñadora de interiores Cristina Carulla (Barcelona, 1984), responsable del interiorismo de varios de los restaurantes más concurridos de España: desde Rural, de Rafa Zafra, y Hermanos Vinagre, ambos en Madrid, hasta Colmado Múrria y Adobo, en Barcelona.

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Salón del restaurante Adobo, de Enrique Valentí, en Sarrià-Sant Gervasi, en Barcelona.
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Detalle de la barra de Hermanos Vinagre, en la calle Narváez de Madrid.

Su afición comenzó a crecer cuando se mudó a México para realizar las prácticas del máster de periodismo que había estudiado. Allí, consiguió trabajo como redactora en ELLE Decor, una casualidad que le ayudó a confirmar que tenía un don para personalizar los espacios. «Vivía en La Lagunilla y me encantaba perderme por el Mercado de las Pulgas. Encontraba joyas que los vendedores ni sabían que tenían. Acumulé tanto, que alquilé un almacén. Lo abría los fines de semana para que la gente comprase. Fue muy divertido, pero sabía que, para seguir creciendo, me tenía que formar», recuerda. Se marchó a Nueva York, para estudiar en la Parsons School of Design, y regresó a la Ciudad Condal, donde Lázaro Rosa-Violán la fichó. «Ha sido mi gran mentor. Estuve tres años con él y admiro mucho su forma de trabajar. Se mueve por la intuición, a pesar de las presiones. Espero que algo se me haya pegado», dice sonriente.

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Colmado Múrria, del chef Jordi Vilà, en Barcelona.
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La Dama, en el Eixample, en la Ciudad Condal.

Desde hace una década, Cristina dirige su propio estudio –actualmente son ocho miembros, siete mujeres–, donde idea el envoltorio perfecto para todo tipo de espacios. «El primer proyecto 'gastro' que nos llegó fue La Dama, en Barcelona. Aceptamos porque era como un hogar y nos resultaba algo orgánico», afirma. Gracias a su habilidad para crear atmósferas íntimas, vinieron muchos otros. «Me divierte la restauración, porque permite arriesgar más que con una vivienda. No es algo que ves todos los días y pueda cansarte», comenta. Eso sí, tiene claro que, para conseguir un resultado óptimo, «hay que encontrar el equilibrio entre la identidad y las necesidades del chef, porque será su casa, y lo que dará confort al cliente. Si lo consigues, el éxito está asegurado».

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Comedor de Media Manga, en Barcelona.