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Martín Berasategui, los hermanos Roca, Pepe Rodríguez... Son muchos los chefs que se han criado en restaurantes familiares, viendo a sus padres y abuelos sudar entre fogones. Años después, ellos mismos seguirían sus pasos, en ocasiones, contra la voluntad de esos mismos progenitores que saben a ciencia cierta cuán difícil es trabajar en hostelería (de hecho, el mismísimo Dani García ha prohibido a sus hijas que vivan de la gastronomía).
Afortunadamente, no sabemos si por pasión, rebeldía o una combinación de ambas, estos chefs terminan siguiendo sus instintos y convirtiéndose en aquello que casi les venía predestinado desde pequeños: regentar un templo del buen comer.
A Pepe Rodríguez esto le viene de varias generaciones atrás, pues ya su abuela lideró una casa de comidas durante la guerra. Después, en los años 70, sus padres vuelven a abrir el local, convirtiéndolo en un auténtico mesón y casi el hogar de toda la familia: "No teníamos casa porque aquello era todo abierto. Para ir a mi casa particular tenía que pasar por una barra de bar llena de gente. No había intimidad, siempre había un grito, siempre había un ruido...", recuerda en una entrevista para El Faro de Cadena Ser.
Tan difusa era la línea entre el trabajo y el hogar que no había escapatoria posible cuando el deber llamaba a la puerta: "Mi padre [...] hacía bajar al hijo pequeño [Pepe], mis hermanos, que eran mayores, ya llevarían una hora abajo, claro, a echar una mano: a limpiar las tazas, a limpiar lo que fuese o a fregar el mostrador".
La semillita se fue implantando poco a poco y hoy, Pepe Rodríguez es el dueño de aquella humilde cantina donde su abuela se dedicó a quitar el hambre a los necesitados. La diferencia es que 'El Bohío' ahora es un restaurante de alta cocina reconocido en toda España, está a punto de cumplir cien años y, desde 1999, cuenta con una estrella Michelin (cuya divertida historia se cuenta aquí).
Lucía Ruiz estudió Relaciones Internacionales y Comunicación y ahora continúa formándose con un Máster de Marketing de Moda. Escribe para aterrizar, para recordar, para existir. Es su manera de dar forma a la vida, de hacerla real. Por eso anota todo aquello que le hace feliz: la comida, los viajes y las nuevas experiencias no pueden faltar en la lista.