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En 2012, Jessica a Grose escribió la novela ‘Sad Desk Salad’, dando nombre sin quererlo no sólo a un tipo de ensalada, sino al hábito de comer un tristísimo plato delante del ordenador mientras somos incapaces de despegar de él la vista. El hecho de que hablemos de una ensalada refleja bien la situación actual: queremos ser saludables, pero también productivos, y por eso creemos que permitirnos tomar media tristísima e insuficiente hora para comer es una extravagancia.
Una encuesta puesta en marcha por Opinium Research indica que el 76 % de quienes no trabajan en casa comen delante del ordenador al menos la mitad de las veces, y un estudio de la Universidad de Zaragoza señala además que el 25 % de los españoles dedica 15 minutos o menos a comer entre semana, un porcentaje que asciende hasta alcanzar el 50 % cuando hablamos de quienes pertenecen a la generación Z. Por ello, parece que el 'mindless eating' está haciendo todo lo posible para quedarse entre nosotros.
No sólo entra en juego el hecho de que el confinamiento se encargó de hacer que las relaciones entre compañeros de trabajo perdiera fuerza, sino que resulta indudable que la inflación es la responsable de que comer fuera de casa sea para muchas personas un lujo impensable, por lo que los tuppers han regresado a la oficina.
Aquí es importante además señalar el ‘health shaming’ al que muchas personas son sometidas en la oficina, pues al ser ahora el último símbolo de estatus el bienestar, comer una triste ensalada y únicamente abrir la nevera para sacar algún zumito verde se valora, mientras que quien prefiere optar por un plato más calórico es mirado por algunos por encima del hombro, por no hablar de quienes prefieren recurrir a la comida rápida, un gesto que por cierto, en tiempos en los que la báscula nos obsesiona, quizás sea el último gesto de rebeldía.
‘Más triste que una lechuga de bolsa’ es una frase que quizás hayas repetido en alguna ocasión, pero lo verdaderamente triste es que la prisa empuja a algunos a comprar ensaladas prefabricadas para comer en el trabajo, mientras que quienes optan por pedir ensaladas en los restaurantes se quedan horrorizados con el precio de estos platos.
A finales del año pasado, la periodista Missy Frederick escribió en ‘Eater’ un artículo llamado “La era de las ensaladas de 44 dólares ha llegado”, un texto en el que habla acerca de cómo un plato ‘green’ cuesta 20 dólares, pero en el momento en el que se le añade un extra de proteína, el precio se dispara… Aún más, porque como alguien que lleva toda la vida pidiendo ensaladas en los restaurantes, pagar semejantes precios por una base de lechuga y quizás, un tomate cherry caído del cielo, resulta asfixiante.
De hecho, aunque creo que ir a McDonald’s a comer una ensalada tendría que estar penado por la ley, lo verdaderamente preocupante es que una Ensalada César cuesta 6,61 euros, mientras que la hamburguesa más básica (que contiene carne, cebolla y pepinillos) cuesta 1,65 euros. En un vídeo que se viralizó en Tik Tok, un antiguo cocinero de la cadena de comida rápida llamado Mike Haracz explicó que el motivo por el que las ensaladas cuestan más que las hamburguesas es que al contrario que estas, no pueden congelarse, entrando además en juego los costes de transporte.
Por cierto: como el algoritmo está siempre atento a nuestros movimientos, tras haber comprobado que tecleaba "ensalada" más de lo habitual, me encontré en Instagram con un post con un mensaje que no puedo dejar de repetir: "Nunca una gran historia comenzó con una ensalada".
Pero, ¿puede una ensalada no ser triste? “En La Juana tenemos una de tomate con dos tomates diferentes; uno más ácido y otro más dulce. Lleva además ventresca de bonito, sal y un buen aceite. Es una ensalada que no necesita más. También tenemos la burrata, que tiene muchos ingredientes, entre ellos tomate seco, tomate confitado, pipas de calabaza fresca para darle el toque 'crunchy', albahaca para darle frescura.. Se trata de encontrar el equilibrio y hacer que el plato sea ideal, pero en el mundo de las ensaladas, no tiene que ser todo o nada”, asegura Rebeca, directora de ‘La Juana’.
“El mayor problema de los tuppers es que los solemos hacer el día de antes, por lo que entonces no tenemos hambre, motivo por el cual no nos ponemos creativos y el proceso se vuelve rutinario. Si comemos en casa o en un restaurante, al tener hambre, nos divertimos un poco. Se trata de darle una vuelta y de ser un poco más creativos”, asegura.
Al escuchar sus declaraciones, pensé inmediatamente en ‘A vueltas con la tartera’, un libro en el que Mònica Escudero consigue hacer del tupper “algo sencillo, pero entrañable”. “Siempre me ha parecido una pena que la tartera sea considerada un simple recipiente donde meter las sobras o un arte gastronómico menor, una suerte de obligación fruto de la economía de guerrilla en la que vivimos los que tenemos la suerte (sic) de tener trabajo. Teniendo en cuenta que muchos convivimos con ella a diario, ¿por qué esa inquina? ¿Por qué ese trato de ciudadana de segunda?”, se pregunta.
Lo que comemos y la forma en la que lo hacemos es un reflejo del momento en el que nos encontramos, y sin duda la incapacidad de despegarnos de la pantalla para comer indica que la productividad rige nuestra vida. Aunque numerosos estudios aseguran que comer delante del ordenador engorda, lo que me preocupa es que demuestra lo poco que estamos valorando nuestro tiempo “libre”, aunque creo que en tiempos de hiperproductividad, “tiempo libre” es un oxímoron. Si no podemos parar durante un rato para desconectar y disfrutar de la comida, bien sea una ensalada, una lasaña o los restos de la cena anterior pasados por el microondas, por más que presumamos de entrenar y de tomar batidos “detox” (este bien podría ser otro oxímoron, pero no vamos a entrar en esto hoy), ¿de verdad estamos valorando el bienestar? ¿Y si lo triste no son en realidad las pobres ensaladas, sino la forma en la que nos hemos empeñado a hacer del teclado el nuevo mantel?
Marita Alonso es experta en cultura pop y estilo de vida. Escribe acerca de fenómenos culturales desde una mirada feminista en la que la reflexión está siempre presente. No tiene miedo de darle una pincelada de humor a las tendencias que nos rodean e intenta que el lector ría y reflexione a partes iguales. Cuando escribe sobre relaciones, su objetivo es que la toxicidad desaparezca y que las parejas sean tan saludables como las recetas que intenta cocinar... Con dramáticos resultados, claro. Los fogones no son lo suyo.
Ha publicado dos libros ("Antimanual de autodestrucción amorosa" y "Si echas de menos el principio, vuelve a empezar") y colabora en diversos medios y programas de radio y televisión luchando por ver las cosas siempre de una manera diferente. Cree que la normalidad está sobrevalorada y por eso no teme buscar reacciones de sorpresa/shock mediante sus textos y/o declaraciones.
Licenciada en Comunicación Audiovisual por la Universidad Complutense, imparte master classes de cultura pop, estilo de vida y moda en diversas universidades. En Cosmopolitan, analiza tendencias, noticias y fenómenos desde un prisma empoderador.