- Dónde comer el mejor chocolate con churro
- Así son las churrerías y los churros modernos
- Los churros más saludables de Madrid
Si Marcel Proust hubiera nacido en España, quizás, en lugar de magdalenas, recordaría su infancia a través del sabor de unos churros. "Me llevé a los labios unas cucharadas de té en el que había echado un trozo de magdalena. Pero en el mismo instante en que aquel trago, con las migas del bollo, tocó mi paladar, me estremecí", escribía en 'En busca del tiempo perdido' ¡A cuántos nos ha sucedido algo similar con esa sencilla masa de harina y agua!
Chupando los restos de azúcar de entre los dedos evocando las frías mañanas de Año Nuevo. Pues este producto tan popular y siempre accesible a cualquier bolsillo, se ha encarecido como nunca por culpa de la inflación. Hasta tal punto, que hoy comemos los churros más caros de la historia. Hasta un 40% más que hace dos años, cuando estalló la guerra en Ucrania.
Demetrio Montes lo sabe bien: los churros de hoy son los más caros de la historia. Regenta desde casi tres décadas un puesto ambulante en el municipio de San Vicente del Raspeig, en Alicante. Afronta la subida de los precios de ingredientes como el azúcar o la harina de trigo pero también del gas propano con el que prepara los churros y las porras. "El aceite de girasol se disparó tras la guerra. Una garrafa de 25 kilos costaba hace dos años 40 euros y llegó a dispararse al doble, 80 euros. Pero ha vuelto a bajar. Lo único en realidad. Todos lo demás no ha hecho más que subir. El gas propano, la harina, el azúcar o el papel para las bolsas, todo ha subido tanto, que para finales de año no me queda más remedio que trasladar la subida de los precios de los churros a los clientes. Cinco céntimos por cada porra y churro".
Hoy vende las porras a 40 céntimos la unidad y los churros a 35 céntimos. Para el 2024 esos precios serán historia. Se han disparado tantos productos de la cesta de la compra, que en realidad, lo difícil es encontrar alimentos que no hayan cambiado de precio en poco tiempo. El aceite de oliva ha subido en los últimos doce meses un 67%, el azúcar un 42%, la leche un 13% y el arroz un 18%. Lo que significa que en la práctica, por ejemplo, si hacemos el desayuno en casa con un café con leche, un zumo de naranja y una rodaja de pan con tomate y embutido, nos cuesta un 14% más que en 2022.
Lo mismo sucede si nos dedicamos a elaborar el menú de la semana. Comprobamos con estupor cómo los precios de cualquier plato se han vuelto prohibitivos. Probemos con un plato sencillo ahora que ha llegado el frío: unas lentejas con chorizo. Pues con los datos que facilita el INE de referencia, este plato de cuchara nos sale un 15,8% más caro que hace año.
Hasta el pan ha subido un 4%. Así que no salen indemnes ni las torrijas. Por no hablar de las confituras, las mermeladas o la miel, que suben de media un 15,5%. Quizás sea una buena excusa para comenzar una dieta en la que no haya churros ni muchos más golosos bocados, la privación económica puede conllevar una restricción también calórica y aprovechar la coyuntura para reducir nuestras ingestas de dulce.
Como Swann recordaba su infancia al calor de una taza de té, nosotros recordaremos con los churros del futuro lo caros que nos salían hacerlos en el año 2023. Y lo deliciosos que estaban pese a la maldita inflación.