A 20 kilómetros del norte de Gandesa (Tarragona), la capital de Terra Alta, donde sucede la mayor parte de la acción de la última trilogía del escritor Javier Cercas, se encuentra La Pobla de Massaluca, un municipio de 340 habitantes rodeado de viña vieja.

Allí se erige Caterra, la cooperativa de la zona, dirigida por el enólogo Joan Ramón Bada. Él es un enamorado de las viñas de esa zona. Amor y oficio le han llevado a experimentar y criar vinos casi de autor, propios y con terceros.

Elabora vino con tinajas de barro y cría en damajuanas, entre otras ‘rarezas’. Estos vienen a ser esos métodos de los que presumen los enólogos más excéntricos en sus bodegas millonarias y que Bada lo hace en la cooperativa con la uva de 85 socios que tienen sus parcelas en la zona.

vinos de cooperativa
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“Asesoro a varias bodegas y llevo todo lo que se elabora en la cooperativa, incluyendo mi proyecto privado, claro”, nos cuenta Bada, quien actualmente está además trabajando junto al actor Iván Massagué en la elaboración de un vino del pueblo de Bot, zona que el actor llamó recientemente en una entrevista “La Toscana catalana”.

De Caterra han salido delicias como 'Los Torns' y 'Lo Molló', entre otros magníficos brebajes, que bajo el proyecto Vins de vinyes úniques, se están comiendo el mundo. Un mundo sofisticado y al que solo accedes si te lo chivan: el mundo de las cepas viejas. Las que no se arrancaron. De las que casi no quedan. Las que han sobrevivido.

Y es que el vino de cooperativa ya no es el que era, al menos ya no es el que piensas que era. Como mínimo, es más de lo que era… Te vendrán a la mente camiones cisterna cargados de vino a granel saliendo de más de 400 cooperativas que trabajan el vino en España. Esto sigue ocurriendo, claro, pero lo que también está ocurriendo es que de unos años a esta parte algunos de los vinos que se cuelan en los top del premio de moda, en cartas de restaurantes con estrella o incluso en tu casa, se elaboran, embotellan y etiquetan en cooperativas.

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Tiene todo el sentido: el boom de las cooperativas en España durante la segunda mitad del siglo pasado hizo que los agricultores plantaran mucha viña. En los 90 y comienzos del XXI se arrancó gran parte de ese viñedo porque la siguiente generación no se quedó a trabajar en el campo. Además, el cereal o la patata era menos laborioso, se pagaba mejor y tenía más ayudas públicas. En la última década, vuelta al origen: una nueva generación de viticultores está rescatando aquellas hectáreas de viñedos que no se arrancaron y que son oro. Viñas de entre 30 y 60 años de vida. El abuelo crea, el hijo destruye y el nieto rescata. Un ciclo vital como cualquier otro.

Así nació El Chaparral de Vega Sindoa, de Nekeas, un tinto 100% garnacha y 100% navarro que ha llegado a colarse en la carta de vinos del mítico Charlie Trotter de Chicago, impulsor del menú degustación a principios de siglo y uno de los restaurantes más caros del mundo en su momento. También en la del cotizado The French Laundry de California.

¿Qué hace un vino de una pequeña cooperativa navarra ganando premios y viajando a los mejores restaurantes del mundo? Concha Vecino, enóloga desde hace 30 años de Nekeas, cooperativa navarra de 8 familias sitas en el valle homónimo, nos cuenta que cuando la mayoría de familias arrancaron la viña en los sesenta para plantar otros cultivos e irse a trabajar a otras industrias, ellos mantuvieron algunas parcelas en lo alto del valle.

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“Cada casa mantuvo un par de viñas. Viñas complicadas, en lo alto de la montaña. Y gracias a eso tenemos El Chaparral”. Quizá sean los viñedos más al norte de España con los que se elabora vino: una garnacha plantada hace más de 60 años que si no llega a ser por estos giros del destino no existiría.

Historia similar es la que está viviendo estos años Juanma Gozalbo, quien desde hace algo más de dos años se ha hecho capitán general de la cooperativa de Daroca (Zaragoza).

En un momento en el que podía haber dudas sobre la continuidad de la misma, el factor emocional de los dueños de las viñas (“las habían plantado sus padres y abuelos”) y el oficio de Juanma han hecho que esta cooperativa pase de estar más muerta que viva a reconvertirse. Ha lanzado al mercado Laderas del Jiloca: una macabeo obtenida de viñas de más de 50 años y una garnacha de viñas a casi mil metros de altitud. Un tesoro que ya te cruzas en tiendas especializadas y ferias.

“Son 150 hectáreas de viña muy vieja. Aún sacamos parte a granel pero cada año voy embotellando más bajo las marcas Laderas del Jiloca y Marqués de Daroca”, dice Juanma.

Otro caso llamativo es el de la cooperativa de Virgen de la Sierra, en Villarroya de la Sierra (Calatayud). Aquí, el enólogo Manel Castro lleva trabajando 23 años y desde hace algo más de cinco revolucionando el día a día de esta bodega, donde pasan del granel a una gama de vinos embotellados y con crianza que ya se exportan a Holanda y Suiza. Te los puedes cruzar en tiendas y hostelería en Madrid, Barcelona y por supuesto, Zaragoza.

Bajo la marca Aldaba, Castro está sacando toda la plenitud del vetusto viñedo de esta zona aragonesa. “Ya sacamos al mercado más de 100.000 botellas de nuestros vinos más jóvenes, pero también una gama más alta de unas 5.000 botellas de vinos de parcela”. Todo un reto para una cooperativa. Castro elabora además en estas mismas instalaciones su vino: 'Lajas Finca El Peñascal', obtenido de una parcela de menos de tres hectáreas de viñedo viejo a más de 1.000 metros de altitud. Todo queda en casa. Cualquier bodega sueña con viñedos así.

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Tras hablar con estos enólogos, enamorados de su oficio y del patrimonio de viña vieja que atesora este país, a uno le queda claro que esos vinos de cooperativa que no lo parecen existen gracias a la combinación del empeño personal de un enólogo enamorado con el espíritu de las familias que velan por el legado de sus abuelos.

Y si seguimos recorriendo pueblos y llamando a puertas de cooperativas nos seguirán saliendo casos de vinos que en su momento llenaron camiones cisterna y que hoy se decantan en las mejores mesas.