Hace unos días, Instagram me mostró los 'stories' de un conocido. Es el amigo de un amigo, así que, durante los años en los que los tres vivimos en el centro de Madrid, coincidimos a veces en cumpleaños, comidas o discotecas. Era un chico muy majo, se dedicaba al cine y a salir de fiesta y, como me pasaba a mí entonces, también a ser y parecer rabiosamente moderno. Cuando nos veíamos hablábamos de libros y de series, de las colecciones de Balenciaga y del cartel del Sónar. Así que en el momento en el que, gracias a Instagram, me enteré de que acababa de regresar de un retiro de Vipassana, me chocó bastante.

Descubrí lo que eran los retiros de Vipassana leyendo 'Yoga', de Emmanuel Carrère. Se trata de estrictos ejercicios de contemplación en los que los participantes deben, durante diez días, permanecer en silencio y dedicados exclusivamente a la meditación, a excepción del tiempo de comida y descanso. Su existencia me sorprendió tanto como que ese conocido en el que nunca atisbé inquietud espiritual alguna se hubiera apuntado a uno de ellos...

En seguida caí en la cuenta de que había pasado casi una década desde la última vez que nos vimos. Ni él, ni nuestro amigo en común ni yo vivimos ya en el centro de Madrid, y en lugar de veintipico ya tenemos treinta y pocos. E igual que para mí, que desde hace un tiempo hablo más de estilos de crianza y calendarios de vacunación que del cartel del Primavera, para él también han pasado los años. Quizá algún día, tirado en su sofá, también él se haya quedado con el dedo puesto en medio de la pantalla para que el 'story' se quede fijo, sorprendido mientras en ella aparece una foto mía empujando un carrito doble.

El caso es que, tras la sorpresa y esta reflexión de Perogrullo, escribí a nuestro amigo común y le pasé un pantallazo de la publicación con el mensaje «¿Y esto?». En respuesta recibí un audio contándome que no era el primer Vipassana al que iba y que, de hecho, el chico tenía un podcast de meditación. Me explicaba que, de un tiempo a esta parte, sentía que no lo reconocía, que parecía que se había convertido en una persona distinta. Y seguramente así fuera.

Mi colega y el chico de los retiros se conocen desde el instituto, como yo a la mayoría de mis amigos. Somos 12 en total, cinco chicas y siete chicos, y desde que empezamos a juntarnos en el recreo hasta ahora hemos tenido ya varias vidas cada uno. Como o nnos hemos hecho amigos en el trabajo sino mucho antes, los hay ingenieros y los hay músicos. Los hay quienes tienen marido e hijos y quienes siguen usando Tinder, quienes tienen casa y quienes aún se ven obligados a vivir con sus padres. Los hay que han vivido fuera pero han acabado regresando y quienes nunca nos hemos ido.

Nuestros intereses son muy distintos a los que teníamos en la ESO, cuando los compartíamos todos, así que también son muy diferentes entre sí. Nuestros pareceres sobre el mundo, que en el instituto eran similares, se han ido matizando y, por tanto, separando. La amistad que se hace en las etapas adultas de la vida surge muchas veces por afinidad de ideas, aficiones o momentos vitales. Con la que se forja en la niñez y se cuida y se conserva sucede lo contrario: sigue existiendo a pesar de no compartir nada de eso. Ahí está su valor: en querer no a tus 12 amigos, sino a las 120 personas que, en los años que habéis recorrido juntos, han sido. Y a las que son y serán.